Crítica

La recreación de la 'Casa de muñecas' en un Teatro Villamarta perfumado de mujer

  • Tras quince años de amor, Nora, la protagonista, vuelve con un subtexto feminista

Un instante de la puesta en escena de 'Casa de muñecas'. Un instante de la puesta en escena de 'Casa de muñecas'.

Un instante de la puesta en escena de 'Casa de muñecas'. / Manuel Aranda (Jerez)

Todos los que tienen dos dedos de frente saben lo importante que es tener un teatro para poder disfrutarlo. Pero pocos se habían percatado de que el coliseo jerezano, desde que Anasagasti lo ideara en el año 1926, en la misma época que Ibsen creó primera ‘Casa de muñecas’, que su diseño es muy curioso, porque su interior se trata en realidad de un cuerpo de mujer.

Y los que asistieron el viernes a la representación de la obra se quedaron estupefactos al darse cuenta. Se trata de un cuerpo femenino, el de Aitana Sánchez-Gijón en todo su esplendor. Hay que imaginarse ese cuerpo de mujer, como en la historia de gigantes de Gulliver, donde en el patio de butacas, sería su cabeza, que estaría en sí misma, apoyada en los respaldos. El encéfalo de un cerebro frío y calculador. Admite ser cómplice. Y lo usa durante toda la obra.

Cada espectador puede con sus manos acariciar sus emociones. Esa mujer acostada boca arriba, sobre las butacas, estaría acercándose al escenario, dejando, a pecho descubierto, unos pechos de mujer enfocando el peine del que cuelga la tramoya.

Su espalda se acomoda en el proscenio, en el límite entre la sala y el escenario, y poco a poco, el ombligo, el vientre bajo y el pubis se encarama a unas tablas que les espera con desazón y lujuria. El resto, lo hace esa mujer, con los muslos abiertos, el pubis en la escenografía y las piernas como garfios adueñándose de los flancos y el foro, enamorándose de un escenario rendido a sus pies.

La chimenea que en todo momento alumbra en el centro, no es sino la salida virtuosa del origen de la vida al rojo vivo, y el canal materno para alumbrar un nuevo ser.

La protagonista, Nora, engrandecida por una actriz como Aitana, regresa escapando de donde no quiere estar. Vaga a la búsqueda de reencontrarse con la opresión que le supuso una huida llena de dudas al abandonar el hogar familiar.

Un rejuvenecimiento del clásico de Ibsen, creado a partir de nuevas estrategias sin prepotencia pero creando caos, tanto en el fondo como en la forma.

El portazo que daría Nora cuando se fue, es ahora el sonido del tintineo de una campana anunciando visita de reconciliación. Y a propósito vuelve a su casa de muñecas, como una habitación de esos juguetes con ventanas laterales y fondo con chimenea, metáfora de la zona genital en efervescencia. Así es como un cuerpo de mujer entregado al feminismo llevado a escena, reclama no ser un trapo en manos del machismo imperante antes, ahora y después.

Un cuerpo de mujer fatal, que es capaz de trascender cualquier comentario que le hace un marido dolido. La escenografía sigue los pasos de la casa de muñecas. No podía ser de otra manera.

Pero ese cubículo, carcelero y agobiante, no es sino la esencia de los órganos genitales de una mujer de bandera, abiertos de par en par. En esa cárcel, podemos sentir el placer de la rebeldía, la fuerza de los espasmos y los efluvios de una mujer que ha vuelto para llenarse de razones para ser entendida.

El órgano reproductor femenino como centro de los anhelos de la vida, en los que las tres paredes, incluso con aforamientos no completos y mutis en permanencia de los actores que no están en diálogo, son el paradigma de las mucosas internas de un útero en ebullición. Nada como una forma metafórica de ver el escenario como la maquina embrionaria de todo ser humano.

La cárcel que simula ser, como metáfora de la existencia cuando se tienen cadenas en las muñecas y grilletes en los pies. Unos espasmos de libertad femenina entre los huesos pélvicos del escenario. Libertad ejemplar que querrían Cleopatra, Isolda o doña Inés, pero que aquí la defiende Nora, henchida de verdad.

Y en todo ello, la virtud femenina como bandera de esa libertad. Con una presencia figurinista sin igual. Un óvulo, que es el personaje de Nora, que no se ha drapeado sino que aparece con un vestido de raso azul grisáceo con costuras y talles pegados al cuerpo que toman las formas de todas las partes del cuerpo de Aitana, para dotar de pureza sensual a la célula madre de la obra.

Aunque quizás sea un personaje creado con los pliegues del alma, como metáfora de los pliegues uterinos y vaginales, moviéndose sin problemas por la caja escénica, y donde cobra importancia el recubrimiento además del contorno. Una célula madre en busca de su lugar, aportando viveza, movimiento, luz y sopor en el aire al que llega.

Aportando luz a una casa de muñecas entristecida desde su huida. Y unas células corporales adyacentes, perfectamente recreadas por los demás actores pero que no pueden con la fuerza de la invitada. Más controlado en el caso de una hija digna, más comediante el de su doncella, y visceral y efectista el de su marido.

Un escenario grisáceo, estático y en ocasiones como una cárcel, con solo hilo de luz cenital, y otros con ventanas abiertas en busca de aire nuevo y renovado. Mediante la creación de este espacio en un cuerpo orgánico, de forma tanto vertical como horizontal u oblicua, los actores suelen transitar dentro del último tramo del aparato femenino, y solo se osan transgredir cuando, por arriba o por debajo, por los lados o por delante de la escena soporta cambios incorporados como un comportamiento dramático de los actores pasivos frente al público.

En el plano literario la descripción de Nora, nos ofrece una cantidad de elementos de lectura de la imagen femenina del mundo. Esta descripción es más que su apariencia embaucadora, es un indicador del sentimiento del personaje, su figura melancólica. El texto es rico y lleno de recursos. Por eso engancha al público desde el principio.

El subtexto aún enmarca más el poder de la mujer en la sociedad y en el escenario. El espacio cobra una dimensión simbólica en relación con el trágico destino de la protagonista: su deseo y su imposibilidad de atarse a un hombre.

No hay apartes puesto que no hay otros organismos queriendo ser protagonistas. Y el final, una vez visto el panorama, es huir de nuevo, volver por el patio de butacas, haciendo camino hacia lo racional, hacia el cerebro, hacia la libertad. Y dejar perfumado todo de razones para ser mujer.

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