Cultura

Paraíso Anaya

Habitual en el catálogo de artistas de la Galería Benot, el nombre de Marina Anaya está ligado a las parcelas del mejor grabado y del dibujo más esencial. Por sus varias comparecencias en el espacio expositivo gaditano sabemos que se trata de una artista tremendamente convincente, que posee un lenguaje pictórico de lo más atractivo, de acusada personalidad y con unos aromas creativos muy definidos. Y es que su pintura recrea una figuración sabiamente dibujada, que ilustra un particular universo donde la humanidad suscribe unas sucintas líneas conformantes que sirven de base a una escenografía llena de entusiasmo ingenuista. Ya lo dije en otros momentos refiriéndome a esta artista: "sabe plantear cualquier asunto sin recurrir a rocambolescos e imposibles sofismas creativos que no entienden - ni sirven para nada - ni los concienzudos iluminados que inventaron la filosofía laberíntica ni, mucho menos, los memos que la llevan a la práctica. Ella convierte la realidad presentida en un bello juego donde una poética de muy fácil lectura ilustra un universo presentido donde los personajes representan jugosos papeles que convencen, divierten y hasta crean, con el espectador, sabios guiños de complicidad. Todo sin acudir a episodios oscurantistas donde lo cercano está poblado de fantasmas que dialogan en un lenguaje de arcanos imposibles".

Marina Anaya es una artista que nunca ha dejado indiferente. Es la autora de una obra ilustradora de un mundo de registros básicos en los que la representación queda supeditada a los meros argumentos de la expresión más esencial, sin nada que delimite su concepto ni exuberancias distorsionadoras de lo que, realmente, se quiere manifestar.

Varios momentos de ejecución plástica nos encontramos en esta nueva comparecencia de la artista palentina. Por un lado, su elegante y compacto dibujo de líneas determinantes, con la grafía desarrollando su ilimitada potestad representativa y el color, mínimo, elemental y contenido, subrayando las marcas claras sutilmente dibujadas. Junto a estos apasionantes dibujos, Marian Anaya nos presenta unas planchas de latón mordidas al ácido y con sus preclaros dibujos salidos de ese feliz universo estético de la autora, piezas estas, habitualmente, poco conocidas y que nos hacen partícipes de la gran contundencia plástica que generan. El tercer planteamiento expositivo que nos presenta Fali Benot de la obra de Marina Anaya es una colección de obra gráfica con piezas que forman parte de importantes series anteriores donde se nos relatan bellas historias protagonizadas, pictóricamente, por unos poderosos rojos y verdes que complementan esa sinuosa grafía de unos dibujos de poderoso entusiasmo creativo. Junto a estas tres situaciones artísticas, el espectador se encuentra, asimismo, con una serie de pequeñas esculturas en las que se repiten los esenciales esquemas de su pintura, potenciándose, eso sí, los registros plásticos y aumentándose el poderoso juego expresivo que caracteriza el conjunto de su obra.

El grueso de la muestra nos sitúa ante una colección de bellos dibujos en los que la esencialidad de los gestos de Marina Anaya se hacen, todavía, más esquemáticos y simples. En ellos los personajes actúan en un idílico paisaje, escuetamente representado, donde desarrollan mínimas actuaciones pero de un gran valor expresivo. Se trata de una especie de paraíso felizmente representado con una gran economía de medios plásticos y con los actores dejando una escasísima huella ilustrativa pero con muchas argumentaciones representativas. Son situaciones que podríamos catalogar "a lo Marina Anaya", con una humanidad desinhibida, a veces festiva, a veces, llena de esquemas no tan felices, pero siempre desencadenando particularísimos episodios llenos de infinita trascendencia representativa.

De nuevo nos encontramos en el universo Anaya, ese que recrea una humanidad presentida, que cuenta una historia muy bien narrada, con personajes a los que se les ha dotado de una entidad artística muy particular; se los ha desposeído de su concreción y se les ha exagerado formalmente su línea ilustrativa para que nos dejen una realidad feliz, sin muchas exageraciones compositivas ni complejos desarrollos de difícil comprensión. Una pintura que atrapa y deja el regusto de lo bien concebido y fácilmente distribuido. ¿Para qué más?

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