Primeros maestros de la fotografía en Jerez: Leopoldo Casinol

La otra mirada

Adrián Fatou

Jerez, 23 de octubre 2014 - 05:02

A lo largo de este año 2014 hemos venido celebrando los 175 años de existencia de la fotografía. He tenido el privilegio de colaborar con esta celebración participando en la organización de algunas exposiciones relacionadas con el tema y mediante la elaboración de un libro recopilatorio de los más destacados fotógrafos jerezanos que lleva por título 175 años de fotografía. Una mirada desde los fotógrafos jerezanos. Que fue posible editar a mediados de año gracias al empeño de la Real Academia San Dionisio y el patrocinio de la Fundación Mapfre.

Me propongo traer a esta página a lo largo de la nueva temporada 2014-2015 fragmentos de dicho libro, que nos ayuden a conocer mejor la historia de la fotografía en nuestra ciudad. Y sobre todo a sus protagonistas, los fotógrafos que más aportaron a dignificar dicha profesión y a elevar las cotas de calidad y arte de la fotografía en nuestra ciudad.

Hoy traemos, de la mano también de Eduardo Pereiras, quien sentía verdadera admiración por él, a Leopoldo Casiñol Faute (Perpiñán, Francia, 1812 – Jerez, 1888), que fue uno de los precursores de este noble arte en la ciudad.

Tras un periplo que le llevaría a recorrer probablemente ciudades como Perpiñán, San Feliú de Guixols, Cartagena y Gibraltar, por fin la familia compuesta por Leopoldo, su esposa Paula Plá, y sus dos hijos Leopoldo y Leopoldina, se instalan a mediados de los cuarenta del siglo XIX en Jerez, en el número 10 la calle San Cristóbal. En principio, a su llegada a la ciudad, Leopoldo ejerce las profesiones de sangrador, practicante y dentista. Y, aunque este dato no es apenas conocido, también fue un excelente pintor miniaturista por su meticulosidad y dominio del color. Sus inicios en la fotografía los lleva a cabo en el mismo local de la calle San Cristóbal nº 10 a finales de los cincuenta, donde comienza como daguerrotipista.

Eran los años en que el invento del daguerrotipo había pasado a ser considerado una posibilidad de negocio y actividad empresarial. Extremo que ocurre primero con fotógrafos ambulantes provenientes de países europeos, y más tarde ya con fotógrafos locales que comienzan a asentar sus negocios en estudios estables, cual es el caso de nuestro protagonista. Todo esto lleva a una pugna entre la fotografía y la pintura por hacerse con el mercado del retratismo, con continuos ataques de la segunda hacia la primera tendentes a desprestigiarla cuestionando su carácter no artístico, o de menor grado. Polémica que perduraría muchos años y que hoy se encuentra ya superada.

Posteriormente Casiñol trabajaría el ambrotipo, las vistas estereoscópicas y la fotografía en papel a la albúmina, incluso a tamaños grandes, como lo demuestra la fotografía encontrada de Una vista de las bodegas de los Señores González, con unas dimensiones de 60 x 30 cms, inusuales para la época. Y otras tomas de edificios destacados de la ciudad, como el caso del proceso de construcción del Mercado Municipal, que el fotógrafo documentó. Más tarde trasladaría su estudio al número 12 de la misma calle.

Con la década de los sesenta surge una moda que va a producir un notable auge de producción y, por tanto, económico de la fotografía, las cartas de visita (CDV). La moda corrió como la pólvora entre las clases adineradas, hasta el punto que “no se era nadie” socialmente si no se disponía de esas estampas con la fotografía del personaje para obsequiar y felicitar a familiares y amigos. Siendo práctica habitual su colección por el receptor, colocándolas en lujosos álbumes. Al amparo de esta moda del coleccionismo de cartas de visita proliferan estudios estables de fotografía, como el regentado por el Sr. Casiñol, y que contribuirán notablemente a ese impulso de la fotografía y su divulgación, quedando para nuestra suerte innumerables testimonios fotográficos. Estas tarjetas en principio tuvieron un formato de aproximadamente 6 x 10 cms y posteriormente se agrandaron a 10x16 y otros formatos libres. Normalmente ejecutadas a la albúmina, también destacaron otras técnicas como el esmaltado a la porcelana o el coloreado (iluminación), a lo que nuestro protagonista realizó una importante aportación mediante su personal técnica de coloreado denominada “La Heliochromía de Casiñol“.

Destacan, por tanto, en sus retratos el coloreado e iluminación de los mismos, desde su condición de pintor miniaturista, y el tratamiento de color mediante el sistema por él inventado, “La Heliochromia”, de exquisitez y perfección inigualables hasta ese momento (1861) y mucho tiempo después. El procedimiento no obedece al pintado, sino que se produce mediante la aplicación de reactivos químicos que son los que otorgan un elegante y sutil coloreado a cada zona de la imagen fotográfica.

La perfección técnica alcanzada por Casiñol le va a llevar a cosechar innumerables éxitos fotográficos, como la Mención Honorífica en la Exposición Artística de 1862 en el Casino Jerezano, que igualmente recibiría en Zaragoza en la Exposición Aragonesa de 1868. Éxitos que también cosechó participando en exposiciones internacionales como las de París en 1867 y 1869, Bayona, Burdeos, Berlín, Oporto, Dublín, Villa de Gand, Marsella, tal y como figura en el reverso de sus heliochromias, e incluso en Filadelfia en 1876.

Este liderazgo fotográfico inicial indiscutible en la ciudad de Jerez del mencionado Casiñol, cuya excepcional calidad y buen hacer le otorgaron ese privilegio durante mucho tiempo, perdura hasta que en la década de los setenta le surge un competidor, Gervasio Alonso de Montenegro (de quien hablaremos en un próximo artículo) con el que pugnaría desde entonces en éxitos fotográficos en la ciudad y fuera de ella.

Leopoldo Casiñol Faute fallece en Jerez el 27 de septiembre de 1888. Aunque seis años antes, y como iniciador de una de las sagas fotográficas más importantes de la ciudad, había cedido el estudio fotográfico a su hijo Leopoldo Casiñol Plá (Cartagena, 1844), produciendo cierta confusión en la autoría de las fotografías realizadas en esos años de transición. A lo que también hay que unir distintas versiones de sus apellidos, como el de Casignol, probablemente el verdadero antes de españolizarlo. Su hijo ejerció la fotografía en el estudio de la calle San Cristóbal nº 12 hasta que en 1892 se trasladara a Barcelona, obteniendo resultados de gran calidad y profesionalidad heredadas de su padre.

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