Arte

Ramón Epifanio atrapa los ‘colores del alma’ en los Claustros

  • El autor inaugurará este jueves, a las 20,30 horas, una muestra que se podrá visitar hasta el 8 de agosto

'El final de los tiempos'. 'El final de los tiempos'.

'El final de los tiempos'.

'Marinero en tierra'. 'Marinero en tierra'.

'Marinero en tierra'.

“Es su voz/ pincel de almas,/ de su alma luminosa,/ agitada y profunda”, dice el poeta Juan Carlos Lubián del pintor Ramón Epifanio (Jauja, Córdoba, 1954). Efectivamente, cada uno de sus cuadros se distingue por ese estilo personal e intransferible que testimonia la originalidad del artista. Paisajes, retratos, bodegones constituyen secuencias de una personalidad alucinada, que ama a Van Gogh y De Chirico, pero también a Solana, a Regoyos y a otros pintores españoles prácticamente olvidados por el gran público, pero cada vez más valorados por la crítica solvente.

Ramón Epifanio está en continuo diálogo con el entorno, penetrándolo desde su óptica personal, impregnándolo de su vitalismo onírico, discutiendo con el mismo hasta hacerlo suyo. El resultado es inquietante y, en palabras del crítico Juan Ramón Cirici, “eminentemente plástico y visual, apenas necesita del golpe de vista para ser sentido”. Su pintura remite a los grandes ismos de ruptura, en particular, el expresionismo y el surrealismo.

Ramón Epifanio Camacho vive en El Puerto, en un lugar de la campiña con fácil acceso a Jerez, donde mantiene amistades desde hace muchos años. Ramón ha transitado la noche jerezana, se ha embriagado con los gitanos de Santiago y San Miguel y ha dejado jirones de divina locura en los lienzos. Así, en su óleo ‘Tabanco jerezano’ o en el retrato de aquel gran bohemio, llorado prematuramente, que fue el cantaor Luis de la Pica. El propio Epifanio toca y canta, si un grupo bien avenido de amigos le invita a hacerlo.

También escribe, porque su alma es esencialmente poética y literaria. De ahí, el alto poder comunicativo de su pintura. Impactante. No pasará desapercibido. Pessoa o Unamuno le seducen tanto como Braque o Picasso. Cervantes o Velázquez. Romero de Torres y Azorín. La lectura de Séneca le aligera el peso de los desmanes de Goya. La lámpara maravillosa de Valle-Inclán ilumina sus rostros. Don Antonio Machado le regala una frase que ha hecho principio de vida: “Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”.

Pero sus ojos ven lo que ven los ojos de un pintor: la luz, el color, las formas, con la particularidad de que con ellas plasma escenas de un discurso literario. Dramático, como ese ‘Jardín de la Farándula’ —donde hierve de pánico el jolgorio— que hace pensar en el grupo de teatro independiente La Zaranda. La noche incendiada de fantasmas de Ramón, sus desvelos noctámbulos y aguerridos, los demonios que la atestan, ¿no están ciertamente trazados con inocente perversión? El historiador Javier Maldonado asegura que “Ramón Epifanio ha creado un universo pictórico propio”. Yo añadiría que cada cuadro es un universo donde se agita la libertad humana hasta la extenuación, libertad frente a los cánones y posiblemente apocalíptica. La libertad de un visionario, capaz de revestir de ternura a los extraños seres que plasma o de producir temblor ante su misteriosa amenaza.

Bajo el título ‘Los colores del alma’, Ramón Epifanio expone desde este jueves, a las 20,30 horas, una selección de sus cuadros en los Claustros, hasta el 8 de agosto, de 10,30 a 14 horas, de martes a sábado. Contemplar una de sus obras es un raro privilegio. El crítico Manuel Caballero ha calificado su pintura de “solitaria y a contracorriente”. Lo considera “un pintor para pintores”. Yo creo que es un pintor para poetas.

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