elena anaya. actriz

"En nuestra cultura resulta complicado tratar una cuestión como la muerte"

  • La intérprete tiene en cartelera 'Todos están muertos', debut en el largometraje de Beatriz Sanchís, una peculiar historia de fantasmas premiada en la pasada edición del Festival de Málaga

Lupe (Elena Anaya), una estrella de la Movida madrileña capaz de congregar multitudes en sus conciertos, vive recluida en su casa casi tres lustros después, acompañada únicamente de su madre (Angélica Aragón) y su hijo (Cristian Bernal), paralizada por el terror, sintiéndose "un animal en cautiverio". La irrupción del fantasma de su hermano Diego (Nahuel Pérez Biscayart), invocado por la madre, obligará a Lupe a volver a implicarse en el temible entramado de la vida. Todos están muertos, el debut en el largo de Beatriz Sanchís que llegó el viernes pasado a los cines avalado por el triunfo en el Festival de Málaga -donde recibió entre otros el Premio Especial del Jurado y el galardón a la mejor actriz-, brinda a Anaya un personaje "más de gestos que de palabras, más de expresar con la mirada que con tu voz", una nueva oportunidad para la intérprete de demostrar que es una de las presencias más magnéticas y fascinantes del cine español. La actriz atiende a Málaga Hoy con motivo del estreno desu nuevo trabajo.

-La película podría definirse como la historia de una mujer que recobra las ganas de vivir, paradójicamente, a través del contacto con la muerte.

-Totalmente. Beatriz ha encontrado una manera peculiar de hablar de un tema como la muerte, que es complicado de tratar, sobre todo en nuestra cultura. Es increíble cómo a través del contacto con la muerte, Lupe recupera las ganas de vivir, la fuerza que le ha pertenecido. Vemos a una Lupe que sólo 14 años antes conoció el éxito y después es una mujer llena de miedos y de asuntos sin resolver. Y, sí, la muerte le hará recuperar esa fuerza que ha perdido.

-Debe de ser muy goloso hacer un personaje que se muestra desinhibido en los conciertos del pasado y que luego exhibe una cara muy distinta cuando afronta los restos del naufragio.

-Era un reto porque hablamos de 14 años de diferencia, que en cualquier persona se notan. Pasábamos de mostrar una Lupe llena de luz, de energía, de vitalidad, de descaro, de laca [ríe], con un flequillo cardado, a encontrarnos con una mujer en skijama que se dedica prácticamente a hacer tartas de manzana...

-Más allá de una historia de fantasmas, Todos están muertos es un drama familiar: Lupe es una madre que no sabe qué hacer con su hijo.

-En esa familia disfuncional de una madre, una abuela y un hijo hay dos tipos de madre muy distintos. La madre coraje, que interpreta Angélica Aragón, valiente, arriesgada, capaz de dar su vida por los demás, por sus hijos y por su nieto, y de tomar decisiones muy arriesgadas. Y luego está la madre que es mi personaje, que no ha sabido asumir su rol, a la que se le ha ido de las manos. Pero no vive inmune a todo eso, acumula dolor, se siente impotente porque no puede convertirse en la madre cariñosa que podría ser, que llegará a ser. Se ve, por cómo va evolucionando, que quiere a su hijo, aunque siempre le haya costado mirarle a los ojos, hacerle una caricia. Hay veces en que le toca el pelo y parte de la cara como si no supiera qué hacer, con torpeza.

-Uno de los aciertos de la película es su acercamiento de manera tangencial a la Movida. Y la experiencia de Lupe, que tiene que sobrellevar la muerte en un accidente de Diego, se parece a la vivida por Ana Curra. ¿Tuvieron ese referente en el rodaje?

-Esa historia surge porque Beatriz perdió a su mejor amigo cuando era muy joven y, como cualquiera que viva algo así, no estaba preparada. Por eso ella pensaba cómo sería poder despedirse de alguien, decirle adiós. Ésa fue la idea inicial. Luego, cuando hicimos una inmersión en los 80, cada una de nosotras llegó a Ana Curra de manera muy distinta. Yo llegué por la portada de uno de sus discos, Volveré, vi sus ojos y me intrigó, me pregunté quién era.

-En la fase de documentación sobre la agorafobia, se habrá encontrado con casos impactantes que demuestran lo frágil que es la psicología humana.

-Al principio pensaba que no conocería a nadie con ese problema, pero... no en un nivel tan intenso como el de Lupe, pero sí. La agorafobia, en resumen, es el miedo a los miedos. Tú te quedas en casa pensando que nada te puede agredir, pero llegará un momento en que la mirada de una madre o de un hijo te hiere ya. A través de amigos conocí a gente que compartió conmigo sus testimonios reales de cómo les había afectado la enfermedad. Casi todos la habían superado, pero, por ejemplo, hablé con una chica por teléfono que me contó cómo vivía, desde hace años, sin salir. Me pareció muy impresionante.

-La conexión mexicana permitió que se embarcaran en el proyecto actrices de la talla de Angélica Aragón y Patricia Reyes Spíndola. En un tiempo en el que se venera a la juventud, ellas dos son el ejemplo de que no hay que tener miedo a cumplir años...

-Y menos teniendo compañeras como ellas. Beatriz sometió a varias actrices mexicanas a un casting bastante complicado y extenuante. Fue difícil elegirlas porque había muchas actrices muy buenas, que lo dicen todo con la mirada, que tienen mucho oficio, mucha vida. Angélica, para mí, ha sido un regalo más de esta película. Una mujer brava en cuanto a su vida, a su inteligencia. Ella decía que era su debut en el cine español. Beatriz la vistió de Paquita, que significa ponerse una chaqueta de chándal que te quede pequeña y que la gomita de la manga te haga casi un muñón... Ella es una mujer extraordinariamente elegante, y Beatriz le pidió que se subiera la tiranta del sujetador, que sorbiera cuando bebiese. Era increíble verla sacar adelante su personaje.

-Y México facilita, además, esa relación más natural con la muerte de la que hablaba.

-Allí se entiende mejor la muerte, de manera más sana. Estaba ese elemento mágico que permitiese hacer creer que entre la vida y la muerte hay un velo más fino de lo que creemos. Con ese recurso Beatriz conseguía de manera más verosímil que alguien volviese de la muerte años después. Lo curioso es que después de meterlo en el guión llegó la coproducción, no es como la gente piensa, que hubo que contar con equipo mexicano porque había dinero de ellos, el orden fue más coherente.

-Saliendo un poco de la película, Cate Blanchett denunció en Cannes la discriminación hacia las mujeres que existe en el cine, que cobraban menos y tenían menos presencia. Usted, que casualmente ha trabajado en sus dos últimas películas con directoras, ¿cree que en el ámbito hispano se da también esa injusticia?

-Es casi un milagro levantar una película en un momento como éste. No creo que en España sea más complicado por ser mujer, yo creo que lo más importante es la historia, pero, bueno, hay cifras, y hay que basarse también en ellas. Y hay menos mujeres productoras, directoras, guionistas, montadoras. Esta película en concreto es un ejemplo para quienes piensan que las mujeres no pueden contar historias interesantes, que les dan menos valor a lo que hacen.

-Después de rodar en Argentina Pensé que iba a haber fiesta, ahora se va a Chile para ponerse a las órdenes de Matías Bize.

-El proyecto se llama La memoria del agua, y tendré como compañero a Benjamín Vicuña. Será una película muy bonita, sobre cómo una pareja que se ama profundamente se encuentra, por algo que les pasa a los dos, con la imposibilidad de seguir queriéndose.

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