Cultura

"Me he enamorado como una idiota muchas veces, como hacemos todos"

  • La intérprete repasa, acompañada por Juan Calot, las líneas más románticas de los clásicos en 'Amores de fábula' Textos de Garcilaso, Quevedo, Góngora o Lope vertebran la obra

El amor como gran remedio, como la "mejor medicina para que el mundo sea habitable" y como generador de los momentos "más vibrantes de la literatura universal". Esos son los principios bajo los que se ha construido Amores de fábula: la pieza dirigida por Alejandro Arestegui a la que dan pulso, desde el pasado mes de noviembre, María Luisa Merlo y Juan Calot, y que esta noche representan en el Gran Teatro Falla.

-En 'Amores de fábula' se tocan textos de Garcilaso, Quevedo, Góngora, Lope, Calderón... ¿Cuál de ellos le resulta más actual?

-Pues sería un texto anónimo del romancero hablando del amor incondicional. Precisamente debe ser uno de los más antiguos, pero aún me sigue emocionando y me pone los pelos de punta.

-Además, cuenta con Juan Calot para darle la réplica y la contraréplica...

-Bueno, es que trabajar con un actor como Juan es una maravilla, es un primerísimo actor. La excusa de la obra es un reencuentro entre una pareja y, desde el primer momento, se ve que ella va directamente a por él, y que es una manipuladora de tres pares de narices.... Yo conozco a Juan desde que tenía 14 años y él era un crío gracioso y divertido. También conocía a su mujer, y tenemos la capacidad de entendernos con una mirada. Su familia también es familia de actores, y nos comprendemos y distraemos muchos contándonos historias de tablas de nuestros antepasados...

-Los actores tienen ventaja en esto de la seducción: se saben todas las líneas, y todos los trucos.

-Imagino que sigue pasando, claro, que la gente sigue enamorándose en la escena, aunque a mí ya no me pasa. Un montón de veces ocurre que los actores se enamoraban locamente durante una obra, y luego, al terminar la función y volver cada uno a su rutina, a sus familias... se daban cuenta de que no se importaban nada. Es muy curioso.

-Siempre me ha parecido muy acertado que los antiguos incluyeran al amor en el capítulo de las enajenaciones: ira, locura, melancolía y amor eran incontrolables y venían sin quererlo, designados. Los dioses eran los que decidían.

-Claro, se justifica lo que es una descarga hormonal. Te lo digo yo que tengo mucha tendencia a enamorarme, o enajenarme... Aunque he conocido a parejas felicísimas durante años y años, y en mi propia familia ha habido también parejas maravillosas.

-El amor es eso sobre lo que todos vendemos consejos que para nosotros no tenemos. ¿Qué le hubiera gustado que le aconsejaran? ¿Qué ha aprendido?

-El que puede ver una situación amorosa con distancia da unos consejos nefastos o estupendos, no tiene término medio. Trabajando con los clásicos se aprende muchísimo, en todos los sentidos. Hay que hacer un análisis del texto para facilitarlo, algo que aprendimos a hacer y a cambiar gracias a Adolfo Marsillach en el Teatro Clásico. ¿Qué significa esto que leo? Porque en el momento en que yo lo entienda, lo entiende el público... Cuando hago de la campesina del Burlador de Sevilla, por ejemplo, procuro sentir esos celos, rabia, daño... Sin dramatizar, que me entienda todo el mundo, de manera muy natural. Hay que dominar el lenguaje de manera que, al decirlo no chirríe: el verso ya no puede ser ampuloso. Aunque fíjate, en la escuela de Shakespeare, en la Royal Academy, te puedes vestir de vaqueros pero el texto te lo enseñan a decir como lo decían hacen siglos. Hemos perdido mucho el hábito de ver teatro clásico.

-¿Y por qué esa desafección?

-Yo a este país lo entiendo poco. Cambia tanto todo, y tan deprisa, que yo ya no opino.

-¿Qué lecciones extraemos tras ver esta obra?

-Que el amor existe a cualquier edad, y que no se debe renunciar a él porque uno tenga sesenta o setenta años. O, si lo haces, que sea por voluntad propia, nunca porque te lo imponga la sociedad... Al hacer esta obra he comprobado también que uno no se cansa de hablar del amor, ni de escuchar. La gente sale con una energía impresionante. Al público le gusta, y eso para los actores es importantísimo, saber que les estás dando a quienes van a verte algo que les interesa.

-El otro día leí una frase de Ángeles Mastretta: "Se enamoró como hacen las personas inteligentes, como un idiota". ¿Es la única manera de enamorarse?

-Yo me he enamorado como una idiota muchas veces, como nos pasa a todos, o a casi todos. Ahora, eso no quiere decir que me guste: no me gusta nada, porque lo he vivido muchas veces. Me apetece trabajar en la idea del amor incondicional. Hay que querer a la gente como es con sus defectos, sin cegarse. Porque cuando te enamoras como un tonto, te llevas unas sorpresas...

-Tenemos la convención de que la idea del amor romántico es una invención ligada al galanteo medieval. Pero el paleontólogo Juan Luis Arsuaga, por ejemplo, dice que no, que está convencido de que el ser humano ya se enamoraba como hacemos en el Paleolítico...

-Pues comparto totalmente esa opinión de Arsuaga: uno se enamora con el estómago. Y ha sido así y será así por los siglos de los siglos. Ahora, también es verdad que estás hablando con una gran romántica...

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