Máximo Huerta: “La ficción es la única manera que tenemos para corregir la vida”
El autor retrata en ‘Mamá está dormida’, su nueva novela, el desamparo que supone asistir a la demencia de un familiar.
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Federico, el protagonista de la nueva novela de Máximo Huerta, Mamá está dormida (Planeta), comprueba con pesadumbre al observar a su madre que “el olvido y la demencia están inundándolo todo”. La desmemoria de la mujer suele invocar “un catálogo de afrentas”, heridas que no se cerraron como una boda triste en que la suegra repudió a la novia, pero entre los recuerdos y divagaciones Aurora habla también de otro hijo que tuvo siendo joven. Intrigado por esa historia llena de brumas, Federico se embarcará en un viaje al norte junto a su familiar en busca de las piezas que completen el puzle. Huerta dedica su libro “a todos los que cuidan” y “a los que se dejan cuidar”, actitudes que el autor considera necesarias en un tiempo donde imperan el “individualismo” y el recelo hacia los mayores y los enfermos.
Pregunta.–Su personaje habla de “los fantasmas” que inquietan a los escritores, y concluye: “Las madres están siempre, como lo está la niñez”.
Respuesta.–Es que una madre es el fantasma que te va a acompañar, casi siempre para bien, durante toda la vida. Haya sido maravillosa o mediana, aunque hayas tenido un desencuentro con ella, ahí va a estar, como un pilar en tu biografía. En mi literatura siempre ha habido figuras maternas que tenían mucho peso. Todas con caracteres y físicos muy distintos, pero siempre fundamentales. Y lo mismo me he encontrado como lector, una galería muy diversa: mi personaje es traductor y dice que en su trabajo ha conocido a madres amorosas, celosas, felices, atormentadas...
P.–Como le sucede a su protagonista, su madre también le atribuyó un hermano...
R.–Podría haber mentido y me evitaba hablar de esto. Podría haber dicho que todo es inventado y punto. Pero quise mostrarlo. Porque ¿de dónde nacen las novelas? Mi universo, ahora, se ha vuelto muy pequeño, y se limita a mi madre y a mí, algo que yo he elegido. Y, de repente, en ese mundo tan limitado, mi madre preguntó que dónde estaba mi hermano, cuando yo no tengo hermanos. Resolví eso como pude, porque ante la demencia de un familiar no tienes instrucciones, pero entendí que era el inicio perfecto de una novela. Porque la ficción es la única manera que tenemos para corregir la vida. Me he acostumbrado, yo ahora tengo un hermano todo el rato.
“Nunca llegamos a conocer a nuestros padres, porque nadie lo cuenta todo, siempre guardamos secretos”
P.–Porque intentar convencer de la realidad a alguien enfermo de alzhéimer no hace sino generarle dolor...
R.–Con la experiencia te das cuenta de que mentir es maravilloso, cuando lo haces junto a personas que tienen demencia, si les sigues el juego y te sumas a la historia que tienen ellos en la cabeza. Al único que le duele es a ti, al principio te cuesta asimilarlo, pero comprendes que es mejor vivir en el engaño por el bien de todos. Venga, tengo un hermano, y además voy a explorar eso en una novela. Si yo fuera otro autor, habría escrito de una guerra, pero la guerra en la que estoy inmerso es esta.
P.–El libro parece decir que no conocemos en profundidad a nuestros padres.
R.–A la madre de mi libro le ocurrió algo terrible en el pasado que se irá desvelando, pero más allá de eso es verdad que en la vida real nunca llegamos a conocer a nuestra familia. Porque nadie lo cuenta todo, y lo que le hace daño menos. Todos guardamos secretos.
P.–Aurora, la madre, representa a una generación que fue educada para servir a los otros. De ella, que cosía vestidos para las vecinas, se dice algo muy triste: “Sabía tomar la medida de los otros, jamás acertó con la medida de su vida”.
R.–Para algunas jóvenes fue un divertimento irse de albergue, que era lo que parecía desde fuera, pero desde dentro fue una propuesta enfocada para que la mujer fuera madre y esposa, y no tuviese capacidad de soñar. Alguien me ha dicho: ‘Es que mi madre ni siquiera sabía lo que le habría gustado ser, porque no se lo planteó’. El paso por la Sección Femenina es clave para mi personaje, pero también marcó a una generación. Hubo quienes pudieron liberarse de esa instrucción, pero otras se creyeron que ese era su papel en la vida. Y eso es una cárcel.
P.–La pareja de Federico, el protagonista, se cansa de la situación y lo abandona. A menudo, la enfermedad de un familiar es como una onda expansiva que lo trastoca todo...
R.–Eso pasa en la vida real, ¿eh? Cuando tú te dedicas a los cuidados puedes llevarlo con paciencia, pero esa paciencia se le agota a tu pareja. El entorno se pone turbio porque la vida feliz, o digamos mejor la vida fácil, se ha acabado, hay complicaciones extras. Y no importa el estatus, que puedas pagar a alguien para que te ayude, es una entrega que exige demasiado. El otro día estuve charlando con la hija de Pasqual Maragall y, esto es público porque había gente delante cuando lo dijo, ella contaba que su pareja se rompió. Hay una cosa bonita en esta historia: el hijo cuida a la madre, pero en cierto modo la madre también ayuda a ese hombre abandonado. Ella mantiene al hijo ocupado y activo. Él lo sacrifica todo, pero ella es lo único que tiene. En este libro hay mucha sensación de soledad.
“No sé si realmente hoy importan más los cuidados. Veo a la gente muy individualista”
P.–Ha dicho antes, y lo apunta en la novela, que no hay instrucciones para cuidar a una persina con demencia.
R.–Incluso cuando le pones la mejor voluntad aparece el arrepentimiento, y te dices: ‘Ay, esto no lo estoy haciendo bien, esto no tendría que haberlo hablado’... Quien cuida a una persona enferma de alzhéimer vive en un ay constante, en la culpa y en la alerta. A menudo, los enfermos vuelven en su pensamiento a momentos terribles de su vida, a heridas que dejaron costra, y tú tienes que esforzarte para que vayan a un sitio más alegre. Y preguntas: ‘¿Cómo fue ese baile? ¿Qué bebíais?’...
P.–Da la impresión de que hoy somos más conscientes de la importancia de los cuidados. Antes nadie hablaba del tema.
R.–No lo sé, veo esta sociedad muy individualista y no soy muy positivo al respecto [ríe]. Pero tenemos que hablar más del tema. Nadie quiere pensar que será cuidado, es una asignatura pendiente en este país, que nos demos cuenta de que es nuestro destino. Como lo han hecho las mujeres siempre, de manera silenciosa y sin épica, pues no ha importado. Y otro detalle que tendríamos que mirar es nuestro edadismo: se invisibiliza a los mayores. Me parece muy revelador que cuando se muere un icono del cine, Alain Delon por ejemplo, la prensa recurre a las fotos de cuando era joven. No queremos ver envejecer ni a las estrellas.
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