Cultura

La palabra de un hombre recto

Cuando, en el año 1927, el Heraldo preguntó a Juan Ramón Jiménez su opinión sobre Gabriel Miró, el poeta se encontraba en plena mudanza, pero se tomó su tiempo en apuntar algunas observaciones apoyado sobre una silla. Del autor celebró su prosa "orgánica, palpitante, amontonadamente carnal", con "acento, ritmo, sentido, emoción". Sin embargo, también calificó su obra como "lenta, prolija, monótona, de poca espontaneidad y menos dinamismo"; le sobraban de sus narraciones, añadió, "tanto nombre propio, tanto cura, tanto dulce, tanta monja, tanto marisaber". La "falta de equilibrio", concluyó, "entre sentimiento blando en que abunda y la idea viva de que carece" le restaba a la producción de Miró "atractivo y universalidad". No sorprendería la dureza de la crítica, conocida como es la franqueza con la que se expresaba el moguereño, si no fuera por un detalle: Miró era... uno de los más íntimos amigos que poseía.

El volumen Por obra del instante, recopilación de entrevistas a Juan Ramón Jiménez de cuya edición se ha encargado Soledad González Ródenas y que publica la Fundación José Manuel Lara en colaboración con el Centro de Estudios Andaluces, recoge por primera vez en un libro casi 90 entrevistas realizadas al autor de Diario de un poeta recién casado, lo que supone un revelador acercamiento a los juicios sobre literatura, política y otros asuntos de un escritor que por su independencia a la hora de expresar sus opiniones no siempre fue bien entendido por sus coetáneos. Junto con Vida, el proyecto autobiográfico del Nobel que verá la luz con Pre-Textos, la publicación propone otro completo retrato del poeta el año que se cumple el centenario de Platero y yo.

La idea de la recopilación, que abarca más de medio siglo, desde 1901 hasta 1958, se le ocurrió a González Ródenas cuando preparaba la edición de Guerra en España y descubrió en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez de la Universidad de Puerto Rico artículos y entrevistas "que eran desconocidos y que contenían declaraciones importantes" y que mostraban a "un Juan Ramón vivo, que opina sobre hechos que están sucediendo entonces". El poeta es, remarca la especialista, "el entrevistado ideal, el que todo periodista busca, no es el que tira la piedra y esconde la mano. Él mira a los ojos cuando habla y se enfrenta a la verdad, aunque su sinceridad tenga un precio". A pesar de la dureza con la que a veces comparte su perspectiva, de que haga definiciones "como latigazos" de la obra de compañeros y discípulos, "nunca ofendió a nadie con calumnias. Era una persona incorruptible, noble y recta, que no defraudó ni en su vida ni en su obra".

Efectivamente, la recopilación es pródiga en esas declaraciones sin desperdicio con las que Juan Ramón analiza la literatura. Considera a sus compañeros de viaje "perdidos", repitiendo "lo que han dicho hace 20 años", juzga la novela "un arte inferior" y dice de Galdós que como él "hay cien mil folletinistas en Francia"; en sus ojos Valle-Inclán es un "arcaico" que no comprende "que cada época tiene su modo de expresarse" y las novelas de Baroja "tienen páginas tan aburridas que no se pueden leer". Pero por las páginas de Por obra del instante también asoma el hombre que recuerda de Andalucía "el sentimiento de eternidad" que le transmitía; el autor enamorado del oficio al que se consagra, que persigue ideales elevados y cree que el artista "cumple una misión religiosa con infundir una espiritualidad social", a quien deslumbran Gracián y Góngora porque son "sesibles, sensitivos, disciplinados"; el maestro atento a todo lo que se hace y que recibe a los escritores más jóvenes. "Ver a Juan Ramón en sazón tal era una aventura a la que acudíamos temblorosos", reconocería José Antonio Muñoz Rojas. "Su preferencia por mí", contaría Rafael Alberti, "fue grande, comunicándome un aliento, un entusiasmo, una fe que hasta entonces no había tenido nunca".

Una muestra de esa generosidad es que Juan Ramón recibió a los periodistas más reputados -el volumen incluye deliciosos textos de Rafael Cansinos Assens o Ramón Gómez de la Serna- pero también se prestó a dialogar con cualquier estudiante interesado en su obra. De hecho, una de las conversaciones más interesantes que mantiene, para González Ródenas, es "con una jovencita [Alma G. de Greco] que tiene una revista, a la que le recomienda que no copie cosas de Campoamor y que no tenga faltas de ortografía. Discute con ella si León Felipe es un poeta social y se entera por su testimonio de que las entradas para las conferencias que da son muy caras. Él acaba pidiéndole perdón por si la ha molestado".

Uno de los aspectos más singulares de la relación de Juan Ramón Jiménez con la prensa es el modo en que el poeta vigilaba lo que se publicaba sobre él. González Ródenas encontró copias de los artículos en los que el autor había anotado observaciones como "¡Mujer idiota!" o "Burro" en las que censura a sus entrevistadores. Cuando las reseñas no reproducen las palabras que él ha dicho no se muestra precisamente pasivo: en 1937, cuando concedió en Cuba una de las entrevistas más importantes de su exilio, Juan Ramón sintió que los recortes que había realizado Eddy Chibás -al que llamó "calumniador"- traicionaban su pensamiento. Pidió a la revista una rectificación que nunca se dio, de modo que él redactó de nuevo toda la entrevista y buscó otra publicación que la divulgara al completo. Pero no siempre las interpretaciones exasperan al escritor andaluz: de un coloquio con Lezama Lima halla "ideas y palabras que reconozco mías y otras que no. Pero lo que no reconozco mío tiene una calidad que me obliga a no abandonarlo como ajeno". Por obra del instante revela no sólo al crítico inquebrantable, también al alma sensible que se estremece y acaba claudicando ante la belleza.

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