Desde el nido del cuco

Ayer nadie escuchaba al mirlo

Hará unos diez días, a eso del mediodía, paseaba por la plaza del Arenal cuando un sonido agradable y conocido me llamó la atención. Desde lo alto de una azotea un mirlo común (Turdus merula) llenaba con sus trinos los aires de esa zona de la ciudad.Era un día delicioso de temperatura, con el azahar inundando con su perfume todas las calles, apenas una leve brisa, un escenario idílico.

Para completar el cuadro un bando de cigüeñas blancas (Ciconia ciconia) cruzaba los cielos de Jerez de Sur a Norte como desde hace miles de años, vienen de África de sus cuarteles de invierno y esa mañana a primera hora habrían cruzado el Estrecho de Gibraltar. Completando la escena se escuchaba el crotoreo de la pareja de cigüeñas que en la espadaña de San Dionisio ultimaban los preparativos en su nido a fin de empezar la incubación primaveral.

Pero curiosamente nadie parecía captar ese maravilloso canto en la vorágine de una ciudad enfrascada en sus cotidianos quehaceres. Realmente el concierto musical era grandioso y se veía al mirlo ejercitando su marcaje de territorio con una alegría casi insultante.

Los mirlos tienen varios momentos para su canto coral, uno antes de que despunte el sol, entre dos luces; luego a lo largo del día en época de celo en cualquier instante y finalmente a la caída de la tarde un canturreo jubiloso como dando gracias por un día más en su existencia.

Pero eso fue ayer, al día de hoy cuando la ciudad está desierta y silenciosa el canto del mirlo se escucha con mayor nitidez. Aprovechemos estos momentos de reclusión solidaria para poder disfrutar desde nuestras azoteas y ventanas este espectáculo grandioso y optimista que nos transmite la naturaleza. Es una buena opción en estos días de tribulaciones.

Aconsejo en algunas ocasiones al terminar esta columna tomar una copa de Jerez. En estos momentos también lo recomiendo, pero en esta ocasión en casa.

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