C UANDO llega el final de octubre, quiérase o no, un sentimiento de nostalgia nos invade. El calendario nos endosa el mes de noviembre, un mes que siempre es gris así tenga la suerte de que el sol lo ilumine todos sus días. Los Difuntos y Todos los Santos vienen a suponer una especie de reflexión previa a ese otro mes, diciembre, en el que la alegría de desboca. Todos tenemos a alguien que se fue para siempre (perdonen el eufemismo) y recordamos esos años en los que de críos, al calor de la mesa camilla, partíamos con ellos frutos secos o comíamos castañas asadas. Las visitas al camposanto se harán constantes estos próximos días en un ajetreo de escaleras, cubos, detergentes y flores para honrarles. Una de las verdades más grandes que he escuchado es que mientras tengamos a alguien en nuestra memoria siempre estará vivo entre nosotros. Quizás sea por ello que cuando releemos los clásicos los traemos de nuevo con nosotros. Así como que también mucho canalla que se fue es devuelto a la 'vida' gracias a los políticos. En fin, cosas de noviembre y sus misterios.

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