Lo peor de hacerse mayor, es que la infancia solo se recupera desempolvando fotos. Nos cuesta la misma vida recordar cuestiones básicas y trascendentales, cuanto más las de obligado cumplimiento, como nuestro número de identidad, los nombres de ciertas personas con grado de parentesco, o algo tan relevante como a qué edad nos salió barba. Incluso podría optar a doctorado ‘cum laude’ quien, pasando de los treinta años, siga memorizando en qué día de la semana vino al mundo. Del rostro que teníamos, mejor ni hablemos. La memoria, que es como un libro con hojas en blanco y versa sobre lagunas profundas, flaquea como el entusiasmo cuando nos vamos acercando al abismo.

No, no voy a seguir los pasos de Orson Welles en su filme ‘Ciudadano Kane’, basado en la vida de un magnate que moría musitando una enigmática palabra, ‘Rosebud’, que era algo tan sencillo como el nombre del trineo que tuvo cuando era niño. En mi caso, el recuerdo infantil más claro que tengo grabado es de un día que, con ocho o nueve años, llegaba tarde al colegio y no había más remedio que ir corriendo. Sabía que por mucho que acelerase el paso, la reprimenda del profesor sería mayúscula. En ese preciso instante deseé convertirme en un caballo al galope y doy fe que así me sentí, notaba hasta las cuatro patas trotando, incluso me daba tortacitos en la cadera y relinchaba como el Furia de la película… Ese día me dije a mí mismo que jamás olvidaría tales sensaciones ni aquel momento. No sé si me dejaron entrar a clase de matemáticas o geografía, qué más daría, acababa de transformarme en un animal distinto.

Recientemente, he vuelto a recrearme con esa experiencia de la niñez tras ver la última entrega de Sofía Coppola (‘On The Rocks’), en la que un padre, interpretado cómo no por Bill Murray, va al socorro de una hija con problemas matrimoniales y, sugiriéndole fórmulas de evasión, le invitó a silbar como hacía en su infancia. El rostro de la actriz Rashida Jones fue todo un poema… Yo también lo intenté sin mucho acierto y opté, como hago desde el primer día que me dieron un lápiz, por desahogarme escribiendo, que es como lanzar gritos desgarrados al viento. En esta ocasión, surgieron espontáneamente unos breves versos, similares a la experiencia de volver a trotar sintiéndome caballo:

Diminutos,

como somos,

buscamos grandeza

en un exterior vacío,

olvidando conocer

nuestro interior inmenso.

(*) Jesús Benítez, periodista y escritor, fue Editor Jefe del Diario Marca y, durante más de una década, siguió todos los grandes premios del Mundial de Motociclismo. A comienzos de los 90, ejerció varios años como Jefe de Prensa del Circuito de Jerez.

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