Análisis

Antonio Mariscal Trujillo

Doctor Nebreda. In memoriam

En la mañana de ayer nos llegó la triste noticia del fallecimiento en el Hospital de la Seguridad Social de un querido paisano: el prestigioso médico don Francisco Nebreda Moya.

Hay médicos que serán recordados por haber sido grandes profesionales, y porque su vida laboral fue siempre un ejercicio de competencia y bien hacer. Algunos de ellos, además, nos dejan una estela inolvidable por su bonhomía y su entrega incondicional a sus pacientes, a los que sufren, siempre con amabilidad y con todo el cariño que son capaces de ofrecer, y lo hacen regalando sonrisas por doquier. Es el caso del Dr. Francisco Nebreda, un médico en el que se unía su sabiduría como médico a su humanidad como hombre. Dicen que el médico que sólo es médico, ni tan siquiera médico es. Pero Nebreda era además un humanista, sencillo, culto, interesado por todo lo que le rodeaba, padre amantísimo y lector incansable. Un médico que, con sólo su presencia a la cabecera de la cama de sus pacientes, hacía el milagro de mitigar sus dolencias. Tal era la confianza depositada por sus enfermos en este gran médico que se nos ha ido.

Por motivos profesiones, conocí al joven Dr. Nebreda allá por el año 1964, cuando, recién llegado a Jerez para ocupar una plaza en la Seguridad Social, montó una sencilla consulta privada en un modesto piso de la Barriada de la Plata, tenía por aquel entonces 28 años de edad. Acababa de llegar a Jerez cargado de ilusiones con la intención de incarnarse en esta ciudad para toda su vida.

Desde ese primer momento una química se estableció entre nosotros, un fluido afectivo que superaría en mucho el período de nuestra vida profesional. Charlábamos y conversábamos de lo divino y de lo humano siempre que teníamos ocasión. Cuando ello hacíamos entre nosotros no pasaba el tiempo. Hasta que llegó el día en el que nuestra vida profesional llegó a su término a causa de una merecida jubilación. Y seguíamos conversando, ahora en el Casino Jerezano del que el Dr. Nebreda y yo fuimos asiduos. Creo que el don más maravilloso que Dios le ha dado al hombre es el de la comunicación con sus semejantes; pero cuando esta comunicación se transforma en un ejercicio amable, tolerante y respetuoso ante cualquier idea, ello se convierte en algo maravilloso, y es que Nebreda sabía conversar. En cierta ocasión y emulando una frase que dejó escrita don Santiago Ramón y Cajal, me decía que los argumentos tienen que salir de la mente como el disparo de las armas modernas: certeros; pero sin fuego, si humo y casi sin ruido.

El Dr. Nebreda nació accidentalmente por causa de la Guerra Civil en la bonita población malagueña de Benalmádena; aunque su infancia y juventud la pasó en Algeciras. De allí se trasladó a Cádiz para cursar los estudios de medicina en su Facultad. En 1961 obtuvo su licenciatura tras una brillante carrera como alumno muy aventajado. Esta circunstancia, su inigualable carácter, su corrección en el trato y su gran simpatía le hizo ganar el aprecio de sus profesores, muy especialmente del profesor don Antonio Aznar, catedrático de Patología Médica a la sazón, con el que continuó al terminar sus estudios para especializarse en Medicina Interna. Terminado sus estudios de postgrado pasó a trabajar durante algún tiempo en el desaparecido Sanatorio Antituberculoso de Puerto Real, desde donde se trasladó a Jerez.

Un gran médico, un gran hombre, amigo de sus amigos, de sus pacientes, y digo más: de todo el mundo. Un hombre que supo vivir la vida con optimismo y esperanza en el futuro, que viajó por medio mundo, que se codeó con nobles y plebeyos, profesionales y trabajadores, que cambiaba sonrisas por sonrisas y con el que nunca nadie se sitió defraudado.

Descansa en paz, amigo Paco, descansa ahora en la Paz del Señor junto ese otro común amigo de tu misma gran talla profesional y humana que hace un mes también nos dejó; me refiero al Dr. Jaime Bachiller. Llévale nuestros recuerdos, transmítele nuestro cariño y dile que en Jerez tanto a ti como a él siempre os llevaremos en nuestros corazones.

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