Análisis

Luis Sánchez-Moliní

Estación Almudena Grandes

El cambio en la denominación de Atocha debería contar con un consenso social que no ha existido en absoluto

Desconozco si la ministra de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, Raquel Sánchez, entiende muy bien cuál es el significado de la Estación de Atocha para la gran mayoría de los españoles. Todo indica que no. De otra manera no se entendería esa iniciativa tan peregrina de ponerle el nombre de la recientemente fallecida escritora Almudena Grandes, autora de novelas de gran éxito y mujer de marcado sesgo izquierdista, algo de lo que ella siempre estuvo orgullosa.

Desde su inauguración en 1851, generaciones de españoles han usado Atocha como puerta de entrada a la capital del Reino o la República -según el periodo histórico-. La antigua Estación Central no sólo está íntimamente ligada al proceso de construcción de la nación-estado, en el que el ferrocarril jugó un papel determinante, sino que también tiene un lugar muy destacado en la mitología viajera de millones de ciudadanos. Atocha, como la Estación Victoria de Londres, el Gare du Nord de París o la Estación Termini de Roma, no sólo son puntos concretos y reales de una geografía, sino también espacios de la memoria, a veces alegre y caminera, otras brutal y amarga.

La Estación Puerta de Atocha no necesita ningún cambio de denominación. Gracias a la lectura del Madrid de Andrés Trapiello sabemos que su nombre se debe a la antigua existencia en esos campos del sur de la Villa y Corte de amplios espartales. Intentar variar esta vieja toponimia es una falta de respeto a la historia de la capital que seguro no hubiese gustado a la propia Almudena Grandes, tan amante de las cosas de su ciudad natal. En cualquier caso, si por alguna razón de mucho peso se tuviese que cambiar dicha denominación, ésta debería contar con un amplísimo consenso nacional, algo que brilla totalmente por su ausencia en la incitativa del Gobierno. Almudena Grandes no es precisamente una figura de unidad. Sólo hay que revisar las hemerotecas, las fonotecas y las videotecas para llegar a esta conclusión.

De Almudena Grandes me gustaban algunas cosas: su desparpajo, su feminismo nutricio tan alejado de ese mujerismo castrador tan en boga, su falta de complejos físicos en un mundo dominado por el narcisismo-gym... De su obra no hablaré, porque apenas la he leído, aunque sería bueno dejar pasar unas décadas para saber exactamente cuál es su verdadero peso en la literatura española. Lo cierto es que a cientos de miles de españoles nos resultó imposible compartir unos posicionamientos políticos contundentes que aireaba continuamente en los medios de comunicación y que la convirtieron en un símbolo de la izquierda más radical y autoconsciente. A partir de ahora, Atocha será un elemento más para la discordia nacional. Otro más gracias al Gobierno.

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