Todo el mundo hace mal juzgando mal a los demás con prejuicios, por eso es bueno que nos dejemos de juzgar por las apariencias a los demás, a los compañeros de trabajo, a los familiares o los amigos. Se puede considerar que los prejuicios sobre las ciudades ricas en buen vino, en caballos, motos, feria única y flamenco, no son del todo acertados puesto que desde fuera se piensa lo contrario que opinan los ciudadanos autóctonos de esa ciudad y sería muy terrible que ambas visiones coincidieran de manera natural.

Desde los tiempos del faraón Pacheco la ciudad vista por sus propios habitantes está empecinada en ponerse orejeras que no asumen su identidad y que no valora lo que emana de sus raíces. Mientras, en otras ciudades, provincias y países cercanos se habla de la ciudad como algo especial, como si el sentido común obligara a la memoria colectiva a imaginar todo tipo de excelencias propias de la misma cultura sobre la que se ha cimentado la imagen del siglo veintiuno de una ciudad repleta de ciertos hábitos respetables y de una rica marcha social única que concentra en pocos kilómetros una alta densidad de oferta turística que, por otra parte, es inversamente proporcional al desarrollo de empleo estable propio.

Ajustándonos a la verdad, sería bastante torpe no apostar por poner en valor lo que la gente que visita ciudades como ésta es capaz de responder en encuestas, comentarios en redes o el boca a boca de turno. Lo cierto es que sería atractiva la idea de quedarnos con lo superfluo y no ahondar un poco en el meollo de la cuestión. Pero por ser justos con las generaciones venideras sería correcto hacer un análisis aséptico para poder sacar conclusiones.

Se ha apostado por dar importancia a lo turístico, al ocio y a la cultura. La primavera más internacional se concentra en esta ciudad gaditana quitando importancia a Sevilla y a otras capitales. De manera diversa y con muchas ganas de que siga siendo así.

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