Travesía de regalos
José Moreno Utrera ‘Filigrana’ (1945-2023)
Conocí a José Moreno Utrera “Filigrana” a comienzos de los ochenta del siglo XX en el matadero municipal de Rota, que estaba muy cerquita de la puerta principal de acceso a la base de los americanos como así se la llamaba en aquellos lares, ya que eso de “utilización conjunta” ni se estilaba por entonces ni era verdad. Allí iba con mi amigo Francisco Sánchez Romero, aspirante a novillero de la localidad costera con ancestros familiares en las marismeñas Trebujena y Lebrija, que descabellaba las reses vacunas como entrenamiento para afinar los difíciles registros del siempre proceloso verduguillo. El momento de la presentación aún lo recuerdo perfectamente, no por tener buena memoria sino por lo peculiar de la situación: José, conserje del recinto, estaba limpiando mondongos en un pilón del patio y me dieron tales arcadas con los efluvios -¡lo malo de tener tan desarrollado el olfato!- que me tuve ir rápidamente a un arriate para potar hasta la primera papilla. Pero ya se sabe lo que dice el refrán de los gitanos –él lo era por parte de padre– y los buenos principios y, como para la peculiar pareja de “Casablanca” ése fue el inicio de una gran amistad.
En sus años mozos José marchó a Salamanca de maletilla, a las tapias de los tentaderos y a las duras capeas, pero pronto comprendió que su camino vital no pasaba por el traje de luces. Conoció a Dolores, se casaron y estuvo alejado del mundo del toro hasta que por amistad con el padre de Sánchez Romero se sacó el carné de mozo de espadas para acompañar al joven becerrista que debutó con apenas 12 años en Martín de la Jara (Sevilla). Mis veraneos roteños y la facilidad con la que hacía amistades el abuelo paterno del aspirante me sirvieron para entrar en la cuadrilla como ayuda de mozo de espadas. Durante varios veranos recorrimos España de plaza en plaza y de feria en feria: Arcos de la Frontera (en una de las primeras actuaciones de Jesulín de Ubrique), El Puerto de Santa María, Illescas (allí una monja del Hospital de la Caridad donde están los famosos cuadros de “El Greco” me advirtió del tute que le habían dado a los novillos en el encierro de la mañana), Campofrío (donde las ganas de la dueña de la casa donde parábamos por ver vestirse al torero darían para escribir un entremés), Aguilar de la Frontera, Tarifa (con unas surfistas alemanas muy interesadas de repente por el mundo del toro; acabamos en una boda en Jerez, no me pregunten por qué), Grazalema, Jerez de la Frontera (en las novilladas de la Escuela Provincial que comandaba el maestro Rafael Ortega), y por supuesto Rota donde “toreamos” en numerosas ocasiones con parada y fonda ora en el Hotel Playa de la Luz ora en el balneario de Nuestra Señora del Rosario. Aún se recuerdan esos festejos con la plaza a reventar por el desafío de los ídolos locales y forasteros: “El Tranqui”, “El Gotera” “El Ciclón del Ibis”, Diego Simón “El Bimbo”... José fue mozo de espadas de un solo torero y su carrera terminó cuando Sánchez Romero cambió el oro por la plata en el vestido de luces.
Aprendí mucho –y todo bueno– de “Filigrana”, de la profesión, y lo que es más importante, de la vida, desde cómo se abrochan unos machos con una aguja de ganchillo hasta cómo se cogen las curvas de la carretera por el camino más corto; el nudo de la corbata se me resistió tanto que aún sigo sin saber hacerlo.
Descanse en paz el bueno de José.
También te puede interesar
Tribuna Económica
Desdolarización global: el inicio del declive del imperio
El parqué
Sesión de máximos
Desde la espadaña
Treinta y uno de diciembre
Lo último