Una vuelta más

Maldito cisma

El autor describe uno de los conflictos más determinantes en la historia de las civilizaciones. Los cismas, en todas sus versiones, son antagónicos a concordia y unidad, ruptura pura y dura

Metáfora visual del cisma Metáfora visual del cisma

Metáfora visual del cisma

Explicaciones hay para casi todo, pero las cuestiones relevantes suelen no tenerlas. ¿Cómo se justifica una guerra entre países vecinos? ¿Por qué se divorcian las parejas? ¿A cuento de qué se destruyen amistades sólidas? ¿Qué provoca la ruptura de sociedades afines? ¿Por qué un futbolista marca adrede un gol en propia meta? ¿Qué hizo huir al poseedor de un décimo premiado en la lotería, sabiendo que lo compartía con el mejor amigo de su vida? La respuesta a este amplio cuestionario puede simplificarse, pero no resolverse, con una sencilla palabra: cisma.

No hay que frotarse los ojos, ni rascar la coronilla por desconocimiento, ni mirar al cielo intentando salir de dudas. Debemos asumir que EL CISMA nos contempla y, si nadie lo remedia, será irreversible. Para sociólogos, psiquiatras y antropólogos los desencuentros que llevan a rupturas, también llamados cismas, son una constante en las relaciones humanas. Cisma es sinónimo de discordia, desavenencia, disensión, escisión, rompimiento, separación, disidencia, desacuerdo o sectarismo. Y sus antónimos son ortodoxia, concordia y unidad. El cisma es más habitual de lo que imaginamos y tan verídico como su propio origen.

El cisma nació en el seno de la Iglesia, a raíz de las diferencias mantenidas sobre cuestiones disciplinares entre hermanos que comparten un mismo símbolo de fe, viéndose abocados a un irreversible proceso cismático a finales del primer milenio, aunque se data como tal en el año 1054. Por aquel entonces la comunidad de creyentes se dividió en dos: de un lado, la Iglesia Oriental (ortodoxos) y del otro la Occidental, formada por los católicos, que era la rama más extendida. De todo ello surgió también la figura del hereje, que es en sí mismo un cisma personificado. De hecho, San Agustín dijo que las herejías eran cismas envejecidos. Y no le faltaba razón, pues todo cisma surgía de un defecto de caridad, lo cual suponía atentar implícitamente contra la universalidad del cristianismo.

Los cismas rompen el consenso. Los cismas rompen el consenso.

Los cismas rompen el consenso. / © Stephen Mcmennamy - combophoto

Amén de consideraciones religiosas, el cisma es como un verano que no quiere dar paso al otoño, saltándose bruscamente al invierno. Algo así como un sastre en paro al que no llaman sus mejores clientes en agosto. Cisma es un amor imposible que llora como una gata en celo a la que no dejan salir de casa. Cisma es un acto de traición entre familias bien avenidas. Cisma es un drama llevado al cine, en el que Richard Gere y Frankenstein se baten en duelo por ser el centro de atención. Los cismas pueden ser violentos e impuestos por la fuerza, sin atender a razones, leyes o mayorías. Cisma es la voz que grita en última instancia: "Ahí te quedas". 

El cisma ejemplifica al ser humano que rompe consigo mismo en una crisis de personalidad. Los cismas encuentran similitudes con el origen volcánico de la tierra, como esa lava que emerge roja del cráter: angustiada, fuera de sí, buscando salidas que no existen y acabando finalmente en 'suicidio' al solidificarse convertida en roca. Y es así como los hombres se abocan también al abismo, actuando contra su propia naturaleza como si fuera un tsunami apocalíptico, colérico, cual fuego o magma incandescente que pretende arrasar y destruir todo lo que encuentre a su paso.

Los humanos nos jactamos de practicar cismas, pues aniquilamos, destruimos y traicionamos sin reconocernos nunca en un mar de errores continuados. Generamos cismas como si fuesen armas de destrucción masiva y después miramos para otro lado sin asumir la culpa. Pero lo peor de todo es que somos incapaces de resolver nuestras propias diferencias, convirtiéndonos así en seres miserables que nacen, crecen, se multiplican y mueren dejando una gran ruina como legado de nuestro egoísmo, irracionalidad e insensatez. Y eso no es cisma, sino MALDAD…

(*) Jesús Benítez, periodista y escritor, fue Editor Jefe del Diario Marca y, durante más de una década, siguió todos los grandes premios del Mundial de Motociclismo. A comienzos de los 90, ejerció varios años como Jefe de Prensa del Circuito de Jerez

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