Alejandro González: “Cuando supe que tenía que ser costalero”

08 de febrero 2026 - 03:06

La frase que sirve de introducción a este comentario que ahora comienza me la ha proporcionado el protagonista objeto de la información: Alejandro González Fernández, treinta y tantos años y costalero por amor desde que un día, “el paso del Señor de la Sagrada Flagelación avanzaba camino de su parroquia… El andar lento y pesado, la noche sin nubes, el marco ideal para abrazar lo que representa el grupo escultórico, clavar la mirada en los ojos del Señor que parece buscar alivio a su tormento, fue decisivo: ese día supe que tenía que ser costalero”. Hasta hoy, hasta mañana, hasta cuando quiera Dios…

Un día supe que Alejandro González ejercía cada Semana Santa de costalero en seis hermandades y, sin prioridad de ningún tipo (sin duda son legión los costaleros que ejercen tan honroso trabajo por amor a sus hermandades; a todos ellos va dedicado este comentario) le pedí algunos datos con objeto de referirlos en este espacio. Su prodigalidad informativa ha sido tanta, que ahora debo ir con cuidado a fin de extraer de ella algunas ráfagas que me sirvan para vincularlas a lo que yo pueda aportar por mi parte; retazos vinculados en el recuerdo a mi padre y lo que éste hubo de hacer al respecto en el discurrir de las hermandades malagueñas como uno de los llamados hombres de trono. Costaleros, cargadores, hombres de trono y otros nombres que a no dudar serán utilizados para distinguirlos: todos con la misma misión: participar en la solemnidad de los desfiles procesionales. Claro que lo de mi padre tuvo un “cariz distinto” al quehacer actual de costaleros; puede que hayan transcurrido ochenta años –yo era un chaval- cuando mi padre ejercía como hombre de trono en los desfiles procesionales de –ignoro cuantas-, hermandades durante la Semana Santa en Málaga ya que era la única honrada manera de llevar algún dinero a casa y poder así dar de comer a su mujer y a sus cuatro hijos; dos de ellos –mellizos-, definitivamente junto a sus padres y a Dios. Para los cuatro, mi permanente recuerdo en el “trono” de mi cariño.

Volviendo a dar seguimiento al epígrafe de este comentario, Alejandro González Fernández, “Ale” para los amigos, continúa en su amplia información narrándonos aspectos de su vinculación con las hermandades de Jerez y sus inicios como costalero que comenzaron “con los ensayos en la cuadrilla del Señor de la Flagelación, mi Señor, mi hermandad y mi casa. Allí fui aprendiendo de aquellos hombres valientes, auténticos héroes para el Alejandro de aquel momento y de aquellos que iban delante del paso mandando a sus hombres: los Olmedo, los hijos del “Papi”. Allí aprendí a ser costalero: a saber lo que se sufre debajo de un paso disfrutando al tiempo… del compañerismo, de observar algo tan importante para mí, como oír rezar al pueblo ante una imagen, en la calle”.

Hermandad de la Sagrada Flagelación, de la Amargura, del Santo Crucifijo, Santísimo Cristo de la Coronación de Espinas, Cristo del Amor, Sagrada Cena, de la Entrega, Descendimiento, Salud, Santo Entierro, etc., amén de otro grupo de hermandades… desde pequeño, según me cuentan mis padres, cada Miércoles Santo lucía la túnica de mi Hermandad de la Amargura, cofradía de la que soy hermano casi desde el día en que nací. Al principio con los pavitos, luego con 10 años, portando un cirio y así, pasados una decena de años más empecé en el mundo de abajo, como suele llamársele en el argot “costalerí”, hasta el día de hoy sin dejar de aprender debajo de un paso y, no quiero dejar de seguir aprendiendo. Aprendo de los veteranos y de los novicios, recordando siempre una frase de mi capataz, Tomás Sampalo: “Por muy dura que sea una “chicotá”, siempre suena el martillo”. Empecé en 2008 siendo muchos los pasos dados y los que daré si me quedan fuerzas para estar siempre –desde mi compromiso de costalero-, al servicio de lo que Dios me pida, ya que no entiendo la costalería de otra forma que no sea esa”.

Con la información que me ha proporcionado Alejandro González Fernández, “Ale” para los amigos de acera a acera, prácticamente vecinos, que le agradezco con cariño cofrade, da para escribir un libro; pero la situación informativa me dice que no debe ir mucho más allá. He querido, con lo expuesto hasta aquí –como en un momento anterior queda referido-, rendir tributo a todos los hombres de “trono”, perdón: costaleros, que entregan su esfuerzo para que en las calles y plazas de nuestra ciudad podamos ser testigos, cada Semana Santa, de oír un rezo, una íntima plegaria o el grito entelerido de una gitana y estremecedora saeta.

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