Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

Carta a los enfermos

11 de febrero 2026 - 03:06

No os quiero escribir desde la atalaya de mi salud, sería demasiado cínico y pretencioso. Ni siquiera sé si con ello provocaría algún daño; porque la credibilidad viene de quien pasa por la misma situación. Me atrevo a hacerlo desde la impotencia manifiesta, como único aval que da garantía a lo que pretendo decir. Mis convalecencias no han sido tan importantes como para que mis palabras tengan autoridad alguna, pero mi corazón está con vosotros. Sería imposible hablar sin empatía, sería estúpido si mi apoyo no fuera otro que la debilidad que poseo. Hoy quiero estar con ustedes, y ojalá sirviera de alivio.

Cuando la enfermedad aparece, la fragilidad se pone de manifiesto; pero también la fortaleza. Repito que no soy quién para discursear sobre nada, menos a vosotros que lleváis la llaga de la vida y los motivos suficientes para mandarme callar. Pero he visto cómo detrás de una enfermedad ha surgido la fortaleza indescriptible de quien la lleva ¿Cómo? No sé, pero es tan cierto como que sale el sol.

He tratado enfermos que son ‘héroes del silencio’, luchadores sin tregua que, como espartanos, han vencido en la batalla de la vida, han dado luz a los ciegos, fortaleza a los caídos y esperanza a quienes han tratado de curarlos. He visto que han sido médicos para sus médicos y esperanza para sus cuidadores. Hay gente así, capaz de echarse la vida a la espalda y autodonarse por completo, sin importar la enfermedad, sin limitarse a la compasión. Porque es en la fragilidad donde aparece la fuerza.

El bueno de Dios se hace más cercano en esta razón de lejanía que en cualquier dogma que se esgrime en el pensamiento ¡Qué humano es Dios cuando el hombre cree haber perdido todos sus asideros! ¡Qué cercano cuando todo es debilidad inasumible! Le es propia a la condición humana esta contingencia, y vosotros la lleváis de un modo muy especial. Yo diría que sois embajadores de una conciencia olvidada y de una naturaleza que debiera de hacernos más humildes. Lleváis las huellas que todos hemos de seguir, la verdad de cuanto nos espera.

Es duro decirlo así, tan bruscamente, difícil aceptar vuestro sufrimiento; y, sin embargo, sois faro en medio de la noche, cruz de guía de cuanto nos ha de suceder a todos en esta cofradía de prepotencia. Os miro y me veo, os oigo y vuestra voz transporta a las estrellas. Tenéis un encargo profético, el más meritorio de cuantos mensajes hay: comunicar al hombre que es en la debilidad donde se halla la fortaleza. No es poco que vuestro cuerpo sea portador de una encriptada verdad que a tantos molesta: la frágil verdad de la naturaleza humana.

Con ello nos hemos de encontrar, aprendiendo de ustedes la inestimable enseñanza de la vida. Porque más se aprende en un día de hospital que en cinco años de universidad, más del trato con los enfermos que de remedios mágicos infalibles. Llegados a este punto ya no sé quiénes son más enfermos si los dolientes del cuerpo o ese resto abúlico de musculosos hijos del gimnasio que no cultivan el alma. También enfermos, supongo. Todos, al fin y al cabo.

Los que os reconocéis enfermos tenéis ventaja: sois más lúcidos que quienes vamos por la vida con la ignorancia del dolor, como quien nunca va a llegar a tenerlo. Hasta que un buen día tienes un accidente y te encuentras dependiente de los demás. Comienzas entonces a rebobinar el carrete, a fijarte en quién necesita más que tú, en quién, con la enfermedad a cuestas y acaso con una sonrisa de aceptación, te deja sin aliento. Viéndoos a vosotros me curo de superchería, tocando vuestras manos caliento las mías, mirándoos a los ojos miro el espejo de la auténtica humanidad.

La sociedad os necesita para curarse de su enfermo imaginario (Molière) que, con una lavativa, un sangrado y una purga solucionaba todo. La cosa es más seria y los enfermos también lo sois. Quizá porque es en la enfermedad donde la igualdad toma su nido, acaso porque sea por donde principia la justicia que a todos nos equipara. Sois, a mi entender, los enfermos, quienes mejor enseñáis la salud, quienes con más realismo vivís la vida y quienes, sin duda, mejor la apreciáis, cuando hay tantos que la desaprovechan como si no tuviera valor, o no supieran lo frágil que resulta no cuidarla con esmero.

Vosotros mismos sois los samaritanos de los que nos sentimos sanos, porque con vuestro sufrimiento sabéis más que todos los inconscientes que pasan de largo ¿Nos necesitáis? Sí ¿Os necesitamos? Más que vosotros a nosotros. Porque de vuestra enfermedad podemos sacar el ungüento salutífero; porque de vuestra debilidad aprendemos lo que es fortaleza; porque de la necesidad sacamos virtud; porque de vuestra supuesta inutilidad nace la verdadera eficacia; porque con vuestro cuerpo herido aprendemos a vestir el alma.

No os quepa duda, los enfermos sois los nuevos samaritanos de esta sociedad, el lenitivo que necesita para curar la contagiosa infección de tanta tontería. No sois una carga, sino una bendición, una misericordia para la soberbia y un analgésico para el hombre infectado de imbecilidad. No os quepa duda, sois el reproche a esta sociedad que cree tener el elixir de la sanidad epidérmica dejando sin atención la salud verdadera.

Son ustedes, los enfermos quienes purificáis con vuestra dolencia otra enfermedad peor: la prepotencia de un progreso endiosado que ha perdido humanidad. Vuestra presencia es la mejor pócima que el mundo necesita para curarse en salud y conciencia. Acaso nos haga falta a todos un poco de calentura para aprender así, como de vosotros, cuán importante es la salud, y no tratarla como una sobra. Sois muchos, nos decís mucho y hacéis mucho más de lo que os imagináis. Gracias.

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