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La conquista de Groenlandia
Que Groenlandia signifique “Tierra Verde” parece una broma, porque la isla más grande del mundo es puro blanco: el hielo la caracteriza desde hace un milenio. El rubicundo Erik el Rojo la bautizó así para atraer a colonos, haciendo marketing de unos verdores estacionales que iban desapareciendo en un inmenso paraje inhóspito, cuyos colores de brezo y turba fueron postreros rasgos de un cambio climático, abocada Groenlandia al albo azulado. La hierba en extinción del lugar que holló el vikingo promotor fueron preámbulo de las colinas abruptas o suaves que hoy configuran las Tierras Altas escocesas y la costa oeste irlandesa. Se asentaron allí tribus amerindias; inuits, esquimales. Raza sapiens que nada tiene que ver con los escandinavos errantes, porque nunca se mezclaron. De tal mestizaje no parece haber rastro. Groenlandia es todavía hielo. En el continuo arreón amenazante de Trump, borde cual lebrillo de Mahattan, está en seria duda de qué país va a acabar dependiendo.
Groenlandia está en América del Norte. Fue noruega y danesa; terminó siendo propiedad del Reino de Dinamarca en 1814, tras un divorcio y reparto nórdico europeo. Ninguna hectárea nívea de allí pertenece a unos Estados Unidos donde, muy al sur del norte, se estaba gestando la guerra interior de una nación emigrante y nueva. Aunque copernicanamente distante (los extremos polares se tocan) sugiero la lectura del Viaje a la Antártida (Almuzara) de León Lasa, donde, en unos pasajes del todo bien contados, se narra la odisea de Ernest Shackleton y su tripulación. Es bárbaro todo. De norte a sur. Y así sigue siendo: el afán expansionista no conoce límites. Mas, ¿qué límites ridículamente humanos hay, en un planeta demasiado pequeño, en el que acabaremos explotando la Fosa de la Marianas y Marte, si no nos hace desaparecer a todos Gea, Gaia, o un botón que convierta Hiroshima o Chernobyl en meros recuerdos de nadie?
Donald Trump, cada día más apreciado aquí por su inconmensurable desahogo, exige que Groenlandia sea suya, o de su país. Se conjetura uno que acabará comprándosela a Dinamarca. Puede que, a los daneses –apenas seis millones de humanos premium– les venga de cine el trato. Y que todo quede en la OTAN. Y felices, felices los cuatro: USA, OTAN, Dinamarca y toda la UE. No puedo evitar recordar el chiste de una orgía: “¡Organización! ¡Organización!” (¿conocen?). Me niego a que este sea mi último artículo: no seré yo quien cuente el chascarrillo. Pero a no pocos les va a castigar la retaguardia el despiporre geoestratégico en curso.
Es digna de mención la capacidad que tenemos de tragar. De hecho, esa es la clave del éxito animal del Homo sapiens. Adaptarse. A la ley del más fuerte. Que bien puede que, a la postre, no lo sea Trump/USA, ya puestos a darse de leches mundiales. ¡Inquietante es cómo calla China! La Historia es tan ardiente como la invasión y tan gélida como Groenlandia, y tarde o temprano a los chorizos se los come entre pan alguien. Es de armas tomar, la cosa.
Los amerindios del Ártico cruzaron por el Estrecho de Bering: venían de Oriente. No sé si me explico.
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