Ya huele a pestiños y alfajores (otra vez)

18 de enero 2026 - 03:08

No ha pasado un mes y ya estamos ensayando para la próxima Navidad. La Nochebuena flamenca de Jerez se ha convertido en algo más que una celebración cultural: es hoy un modelo de éxito que otros miran, imitan y, en algunos casos, fuerzan. No ha terminado enero y ya están cerradas la mayoría de las programaciones navideñas del próximo ciclo con las tensiones legítimas de aquellos que no les dan fecha porque lo acapara, con apoyo gubernativo local, el más famoso. No es una anomalía local: es el síntoma de cómo la cultura, cuando funciona, entra en lógica de mercado.

El problema no es el éxito. El problema es la prisa. La carrera por cerrar fechas ha sustituido, en demasiados casos, a la reflexión artística. No se programa mejor, se programa antes. Y cuando el calendario manda más que el criterio, el riesgo creativo se reduce y la repetición se normaliza.

La zambomba —como cualquier manifestación cultural popular— nació del encuentro, no del contrato. Su fuerza estaba en la comunidad, en la diferencia, en la espontaneidad organizada por el compás y no por el Excel. Hoy, en muchos escenarios del país, asistimos a una estandarización amable: formatos idénticos, estructuras calcadas, carteles intercambiables. Funciona, sí. Pero ¿a qué precio?

En los ecosistemas culturales de éxito aparece otra dinámica conocida: el silencio cómodo. Todo el mundo detecta los excesos, pero pocos los verbalizan. La crítica se confunde con deslealtad y la autocrítica con traición. Así, el debate necesario se desplaza a los pasillos mientras el escenario permanece impoluto.

Por eso resultaron relevantes —y molestas— las recientes declaraciones de Capullo de Jerez. No por su tono ‘salvaje’ como el propio Capu… sino por romper una inercia: decir en público lo que muchos comentan en privado. Sin descartar la envidia de muchos por el éxito de otros Pero cuando una opinión honesta incomoda a parte del sistema, conviene preguntarse si el problema es quien habla o lo que se ha evitado escuchar durante demasiado tiempo.Este debate trasciende Jerez. Afecta a festivales, programaciones públicas, teatros y circuitos de toda España. Cuando el éxito cultural se mide solo en ocupación y número de funciones, el arte corre el riesgo de convertirse en una franquicia emocionalmente rentable, pero creativamente agotable.

La pregunta clave no es si estas fórmulas deben crecer, sino cómo. Si habrá estructuras que protejan al artista del desgaste, espacios reales para la renovación y gestores capaces de decir no a tiempo. Porque gobernar el éxito es siempre más difícil que alcanzarlo. La Navidad volverá cada año. El reto, en Jerez y fuera de ella, es que cuando pase no deje solo taquilla, sino legado. Porque la cultura que no se revisa cuando triunfa, empieza a perderse justo cuando parece imparable… y vaya usté condió.

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