Mientras observo en silencio cómo mi hijo juega con sus juguetes, le doy vueltas al mundo que entre todos le estamos dejando en herencia.

Un mundo podrido por la envidia, conformista en un alto porcentaje, carente de autocrítica.

Un mundo donde los políticos dan asco; ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo sobre nuestros dirigentes, esos que nos roban, nos estafan, nos manipulan… a ver si cuando vuelvan de sus merecidas vacaciones, sus señorías se avergüenzan un poquito de su profesión. O que no vuelvan.

Un mundo donde la sociedad se ríe de los muertos; donde se está mas pendiente de los cuernos que el torero le ha puesto a Paloma Cueva; donde muchos se pasan por el arco del triunfo todas las recomendaciones sanitarias y sociales; ya nos reiremos cuando vuelvan a confinarnos y salgamos como borregos a aplaudir a las ocho.

Alguien me dijo una vez que mi visión de las cosas era muy negativa. En ese momento no lo entendí, y le contesté que así era como veía las cosas.

Ahora, con la perspectiva que me da el tiempo, y los años y la desconfianza en el ser humano, le tengo que dar la razón. Al menos en parte.

Y es en la parte en la que observo el comportamiento de mis iguales. Los que me han ganado la batalla. A los que me cuesta creer lo que les veo. Lo que les escucho. Lo que les leo.

Al menos me queda la parte en la que pienso que la vida en sí es un regalo -en mi caso de Dios-, y este presente tiene pinceladas que son maravillosas. De ahí los abrazos. Las miradas. Las puestas de sol…

Y quizás sea cierto eso de que todo está en el lugar perfecto.

Como perfecta es la sonrisa de mi hijo, y el mundo que entre juguetes ambos estamos construyendo.

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