Las mutantes urbes
Un pedazo de pan
Esta mañana tomo café y le doy al dueño o camarero los céntimos que sobrepasan el precio y le digo: Échalo en la hucha. Me contesta: Sí hombre, para que se lo lleve el Ayuntamiento. No me pude contener y el dije que era malo y que estaba equivocado. Que todos los días hay miles y miles de niños en países pobres que no comen y que muchos mueren de pasar hambre. Pero no hay manera, no se lo cree. Incluso vuelvo a contar lo de aquel etíope que quería atravesar el desierto para, al llegar a Marruecos, poder pasar con su hijo a España o Francia. Y que por el camino se le acabó el agua y para que su hijo no muriera se cortó el brazo y le dio a beber su sangre. El niño se salvó y el padre murió allí mismo, en las crueles arenas del desierto.
Yo escribí sobre esto en un artículo que se titulaba La Hucha. Por lo visto no ha servido de nada. Al menos en los comercios o bares a los que yo voy, no hay hucha por ninguna parte. Debe ser verdad que no me hacen caso. Quizás sea yo el tonto del cuento y cuando me lean el título repliquen: Ya está el tío este pesao. Y no soy pesado, quizás tenga otros pecados u otras tonterías, pero esto de la hucha me llega al corazón.
Yo no puedo soportar que alguien me diga en mi propio pueblo que también hay aquí quien pasa hambre. Siempre replico: Si ves a alguien que pasa hambre, mándamelo, le doy un bocadillo enseguida.
Conté también que un chaval venía de vez en cuando a la botica a pedirme. Le daba un euro o parecido, más un día se me ocurrió darle un kilo de arroz (que previamente yo había comprado para casos similares, sobre todo, para ancianas que conocía en su penuria). El chaval cogió el arroz lo miró, lo remiró y me dijo al devolvérmelo: Tejero te debía haber dado dos tiros en la nuca ¿A mí me vas a dar un kilo de arroz, desgraciao?
El hambre ha sido en la historia de la humanidad una constante, un continuo resultado de las guerras o, más bien, de la avaricia de unos pocos que tienen de sobra el pan y que en todo caso si les sobra un trozo, lo tiran a la calle para que se lo coman los gorriones.
En las tres religiones más importantes de la humanidad, la musulmana, la cristiana y el budismo, hay el mismo primer mandamiento: dar de beber al sediento, pan al hambriento y vestido al desnudo. Así que debemos enterarnos de una puñetera vez que el pecado más grave no es la lujuria, sino el egoísmo y el olvidar al que pasa hambre. Con la lujuria allá él y ella con su conciencia y saber, pero con el hambre no se juega.
Digo más, que todas las iglesias o parroquias en las que hay un grupo llamado Cáritas encarguen un ciento de huchas y las titulen ‘Para los que pasen hambre’, así de claro. Porque también es verdad que algunos, cuando ven la hucha en el mostrador, piensan que ese dinero, los céntimos que echan, son para el cura. El cura podrá ser pesado en sus sermones y más o menos buena gente, pero nunca es tan criminal o hijo de mala madre para comprarse un kilo de lomo en manteca para sus necesidades con ese dinero.
Como anécdota cuento que siendo yo un niño, tiempo ha, recorría el pueblo un hombre vendiendo piñones. Yo, a escondidas de mi madre, cogía una telera de pan, le cortaba el culo, le quitaba el migajón y lo rellenaba de manteca. Se lo daba y él me llenaba el bolsillo de piñones. Ya estará allá arriba con San Pedro, comiendo el pan de Dios el legendario maná del desierto.
P.D. Hoy los labradores se quejan de que el Gobierno hace las cosas tan mal, que no es rentable sembrar trigo, que es una ruina el campo y que se tiene que importar de otros países. Nada menos que el consabido ‘el pan nuestro de cada día’. ¡Que barbaridad!
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