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Si paseamos por el centro de Jerez podemos observar cómo las fachadas de muchas casas antiguas han sido recientemente rehabilitadas. Al mirar con atención, nos damos cuenta de que muchas de estas intervenciones adoptan un estilo minimalista: líneas rectas, ausencia de molduras, ventanales modernos… todo muy limpio, muy ordenado, pero al mismo tiempo demasiado frío.
Es fácil comprender la intención de quienes proyectan estas reformas: buscan modernidad, funcionalidad, confort… Sin embargo, me cuesta aceptar que la armonía y el encanto que han definido nuestra ciudad queden en un segundo plano. La esencia que nos hacía reconocer cada barrio se difumina entre la simplicidad de materiales y colores que no concuerdan con la historia.
No niego la necesidad de actualizar viviendas ni de ofrecer comodidad a quienes habitan el ellas. Pero creo que sí es posible hacerlo sin renunciar a la identidad arquitectónica que nos distingue. Cada balcón, cada rejería, azulejos y fachadas conservan una personalidad, y sustituirlos por líneas uniformes es, en cierto modo, borrar fragmentos de nuestra memoria.
Andar por las calles más céntricas se ha convertido en un acto de reflexión: buscamos modernidad, pero necesitamos sentir que seguimos siendo la misma ciudad. Que las casas rehabilitadas puedan convivir con la tradición sin traicionarla debería ser un objetivo compartido por arquitectos, propietarios y administraciones. Porque Jerez no solo se visita; Jerez se reconoce, se siente y se recuerda.
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