Barrios y museos

Prefiero que se lo hagan en San Mateo a que no se lo hagan

Me crie cerca de la casa en la que nació Lola Flores. Igual lo han notado porque, aunque no me acompañe la estampa, tengo mis arranques y me pregunto continuamente eso de cómo me las maravillaría yo. He vivido muy cerquita de los Parrilla y en el mismo barrio de La Paquera y Jesús Méndez, de El Torta y los Moneo, de la madre de Salmonete, Salmonete y su hermana, de Paco Cepero. De tantos. Iba de niña a comprar el pan a un hombre loco que vivía en la calle Empedrada que merece una novela negra. En el recorrido miraba hacia dentro de las casas de vecinos cuyos patios eran vergeles. Plantas cuidadas por viejas vestidas de negro a las que se les habían dibujado en el rostro arrugas de hambre y sabiduría. Helechos, aureolas, pilistras, orejas de elefante, plantas del dinero, todas en armonioso desorden, sembradas en latas, cubos o tiestos de barro atestiguando que la belleza nace de la nada. Y el olor a guiso de papas, a lentejas, a pimientos asados. Otros tienen como orgullo un árbol genealógico habitado por leones rampantes. Mi timbre de gloria es pertenecer al barrio de San Miguel donde todo nacía en las casas de vecinos con patio y portalón abierto. Mi memoria es ese barrio sonoro a pesar de que en casa no se escuchara nunca flamenco. El barrio, perdónenme que lo diga, pero no puedo callarme, con la iglesia más bonita de Jerez y el palacio con más misterio.

A Lola Flores le van a hacer un museo en el barrio de San Mateo junto al museo del flamenco. Anda la gente mosca. Unos quieren el museo en el barrio de Lola, otros no quieren abandonar el local que le cedieron en precario que es donde iría el museo. Me gustaría que el museo estuviera en San Miguel, pero prefiero que se lo hagan en San Mateo a que no se lo hagan. Igual, después, con los años, se puede mover de sitio. Al flamenco le iban a hacer una ciudad, le crearon una cátedra, lo declararon patrimonio inmemorial, mientras sus dos barrios señeros se destruían.

No hemos sabido conservar nuestro casco histórico. No es sólo cuestión de políticos ni de abrir museos. Deberíamos tener menos delirios de grandeza y más autenticidad. Que el flamenco se interprete y se escuche con el alma. Que las casas de vecinos, como las de los patios cordobeses, se hubieran reformado para que los gitanos las habitaran con dignidad y orgullo. Que los barrios señeros atestiguaran igual que las plantas humildes que la belleza nace de la nada. De la verdad.

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