Alto y claro
José Antonio Carrizosa
¿Lágrimas por los ayatolás?
Es posible que la mejor elegía a Raúl del Pozo la vaya a escribir Manuel Vicent, al estilo de la oración fúnebre que Pericles dedicó a los caídos durante el primer año de guerra entre atenienses y espartanos, los amigos que se han ido despidiendo a medida que el viaje a Ítaca llegaba a su final.
Raúl del Pozo y Manuel Vicent se felicitaban todo los inicios de año con la broma de que esta vez sí que tocaba, que la barca ya estaba dispuesta en la orilla para llevarlos al otro lago ignoto del que nunca se ha vuelto. Lo contaron en un programa de TVE, En primicia, dedicado a este truhán de Cuenca que se acaba de morir.
Del Pozo, como Vicent, forman parte de esa élite de periodistas que un día alcanzan el título de Señor de la Columna, que es un estilo singular que termina por fagocitar al autor a base de una insistencia y una disciplina que casan poco con la mala vida de estos bebedores de garitos de póker. La tiesura de los literatos y el ingenio que requería la censura para ser sorteada hicieron de la columna española un género distinto a la norteamericana, que es más seria pero menos brillante.
Raúl del Pozo también bebió de esos venenos que son más peligrosos que el alcohol, de ese brebaje que sabe a tinta fresca, que endiosa y confunde a los buenos hombres con las longanizas que le arrojan los poderosos para reconfortales en su soberbia.
A finales de los años noventa, digamos postrimerías del felipismo, Del Pozo se conjuró con ese grupo de periodistas influyentes que prometieron odio eterno a Felipe González. Uno de ellos, el más cotilla, aseguró que el sindicato del crimen, tal era el nombre que el entonces director de El País le puso a la pandilla, contó años después que llegaron a poner en riesgo al Estado con tal de echar del poder a quien ellos crían invencible. Como una Solución Armada de papel y sin militares.
Fue cuando Del Pozo, leal a El Mundo, y Vicent, heraldo de El País, casi rompen una amistad de décadas, la polarización no es un invento de Trump ni un monopolio de las extremas derechas o de las extremas izquierdas, su ingestión es apta para todos los públicos. En lo peor del fragor de aquella batalla de atenieneses y espartanos, Vicent escribió en su diario una columna elogiosa sobre Raúl del Pozo y, desde entonces, y cada inicio de año, se deseaban mala suerte.
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