HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano /

Demasiada gente

LA población del mundo es un problema sin solución desde hace varios siglos, desde que se estudió su crecimiento. Antes nadie se había preocupado del asunto, más bien se tenía la sensación de que hacía falta mucha más gente en una tierra poco habitada, con una mortalidad alta y una vida media breve. La vida siempre es corta, por larga que sea, pero si las referencias que tenía Enrique VIII le hicieron pensar a los 40 años que no tenía edad para nuevos casamientos, y Carlos V abdicó a los 55 viejo y cansado, sus súbditos llegaban al fin del ciclo vital a esas edades o antes. La alimentación era mala, en unos por exceso y en otros por defecto. El nacimiento del primer nieto daba a entender que el abuelo había llegado al final de su misión en este mundo y debía prepararse para el otro. Los matrimonios se celebraban en cuanto los contrayentes podían tener hijos sanos y criarlos bien, precisamente por la brevedad de la vida.

La humanidad es una abstracción con pensamiento concreto: sobrevivir. Sigue confiando, a pesar de lo descorazonador de los males humanos y del pesimismo que inspiran, en la naturaleza y en la inteligencia colectiva para sortear todos los escollos que encuentre y salir con bien. Hasta ahora ha sido así. A la vida individual, sin embargo, le importa poco que la naturaleza haya dispuesto su muerte para que el género humano sobreviva. La vida no vale lo mismo en todas partes. En la civilización europea y cristiana, la única a la que podemos considerar de verdad civilizada material y moralmente, la vida personal tiene un gran valor; pero no es lo mismo en la mayor parte, si no en todas, las culturas del mundo: lo importante es el grupo, la tribu, el pueblo; si hay otros que le sustituyan, el individuo suelto no vale gran cosa. La muerte es una tragedia personal y un dolor para sus allegados, no un peligro. Alguna vez moría un ser excepcional y la historia de un pueblo se resentía, sobre todo si el pueblo vecino contaba con otro ser excepcional aún vivo, pero era de tarde en tarde.

Hasta el siglo XVIII no se empieza a preocupar la sociedad civilizada por el aumento de población. Se hicieron estudios y cálculos para el futuro que luego fallaron, como siempre que se quiere adivinar el porvenir. Igual que ahora, el verdadero problema eran los pobres. Entonces había en Europa hambres cíclicas y miseria escandalosa y el que se hayan desplazado a otros continentes lo debemos tomar como un avance, no como un consuelo. La ONU nos invita hoy a recordar los graves problemas de la población, que son la pobreza y el hambre. No debe ser así, porque cuando la tierra estaba casi vacía ya había hambres. La raíz estará en otra parte. Dicen los cínicos que, si todo el mundo naciera rico, el mundo sería devastado por grandes guerras, además de quitarles a los hombres de bien la dedicación moral de preocuparse por los pobres.

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