Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Un mundo nuevo (y terrorífico)
ESTO de escribir todas las semanas, máxime en estos tiempos, no es tarea fácil. A veces, casi imposible y, después de más de diez años en este tajo, poco gratificante. Porque encontrar un tema adecuado, sin que la "trascendencia reflexiva" se te suba como el mal vino a la cabeza, no es una labor sencilla. Y tengo que confesar que mi tendencia "pastosa" me puede en exceso.
Dicho lo cual, por mi propia salud mental, he decidido hoy centrarme en los IG-Nobel o premios Nobel alternativos. ¿Qué de qué se trata? Pues muy sencillo. Convocados por la revista "Anales de investigación improbable", la Universidad de Harvad entrega cada año diez premios a los mejores proyectos de investigación "que hacen reír y después pensar". Hay que decir de antemano que no sirven las investigaciones hechas a propósito, sino aquellos proyectos "serios" de investigación que, visto desde fuera, están cargados de un gran sinsentido. Porque premiar una investigación sobre la influencia de la ópera en ratones trasplantados, o la confirmación experimental de que la gente borracha se siente atractiva, o que podríamos correr por la superficie de un estanque si estuviéramos en la Luna, o estudiar el tratamiento quirúrgico que habría que dar a una epidemia de amputación de pene, o analizar las probabilidades de que una vaca tumbada se levante pronto, o conceder el Nobel de la Paz al presidente de Bielorrusia por prohibir el aplauso en público, no me digan que no, tiene su puntazo.
Y es que, bien visto, la vida no tiene sentido sin los disparates. La investigación científica tampoco. Porque la raíz de muchas cosas serias están, aunque no lo creamos, en el desatino, en los despropósitos, en los desvaríos. Así, en el año 2000 Andrei Geim obtuvo el IG-Nobel por hacer levitar a una rana por un efecto magnético y diez años más tarde obtuvo el Nobel de Física, el de verdad, por descubrir el grafeno, una nueva sustancia derivada del carbono. Probablemente sin aquella rana parecida a Pokémon hoy no tendríamos ese nuevo elemento de gran aplicación en la electrónica. Por tanto, no nos queda otra, si nos proponemos tener un futuro apacible, que hacer una lista de disparates y comenzar, con la mayor normalidad, a incorporarlos a nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, ir en chándal o disfrazados de Spiderman, en lugar de con el jerezano terno azul, a la próxima coronación de alguna de nuestras Vírgenes locales; o lanzar un sonoro efluvio cuando Obama hable de paz y de derechos civiles; o nombrar a Wert clown en el Teatro chino "Manolita Chen"; o sacar el dinero de los bancos y entregárselo a SuperBárcenas para que multiplique su rentabilidad; o nombrar a un arzobispo, de cara adusta, presidente de la Federación de Gays y Lesbianas; o, sencillamente, modificar la Constitución para prohibir el clima de huelga moral que se ha adueñado de nosotros. Disparates. Igual así, a base de desvaríos, logramos algún día la locura de dejar de estar en manos de gente seria, sin vergüenza, amoral y, sobre todo, muy aburrida.
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