Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Un mundo nuevo (y terrorífico)
Agradezco muy de veras cuantos testimonios me trasladaron antier -casi al alimón-no pocos jerezanos a raíz de mi artículo in memoriam Manuel Leyton Peña ‘El Coli’. Ni de lejos imaginé tamaña reacción. Los más veteranos del lugar guardan en los cangilones de la evocación aquel suceso con una nitidez demasiado precisa. Aún colea el dolor Jerez intramuros. Como una herida sin cicatrizar del sentimiento. El recuerdo resulta todavía nítido para, quienes entonces niños, asistieron de manos de sus padres -en el caso del decano periodista Ángel Revaliente de su madre- al sepelio de tan brillante novillero y a su vez banderillero -¡oh, esa risueña fachada de hombre cabal tan gitano y tan cromático en su bicolor morado y azabache!-. Me sobrecoge cómo mismamente ha estremecido a propios y extraños la columna periodística del pasado miércoles. Que ‘El Coli’ se granjeó el cariño de todos sus convecinos es afirmación innegable. Pero asimismo que la remembranza de su fallecimiento levante una intensa amalgama de confesiones seis décadas más tarde, evidencia un pacto racial con el tiempo. Incluso una suerte de mesianismo que subyace entre la inmortalidad y la modernidad. Nombre propio donde no habita el olvido, para contraponer la Rima LXVI de Gustavo Adolfo Bécquer. Y también para extender el cordón umbilical intergenaracional. Adivino a las primeras de cambio que Manuel Leyton era ancho de amistad. Dueño de una personalidad que sembraba por naturales. Sin solicitar nunca laureles para sus morenas sienes. Un bien nacido. Su trágica muerte -15 de agosto de 1964- sobre el redondel de la Plaza de Las Ventas -caliente quebranto de sangre como la propagación en rojo de la desgracia- resquebrajó la serenidad de esta ciudad natal, Jerez de la Frontera, hace ahora la friolera de casi sesenta y dos años. Los paisanos andaban entonces sumidos en la calma chicha de la canícula…
En ‘Nostalgias de Madrid’ Ramón Gómez de la Serna afirma que “no nos damos cuenta muchas veces de los escuetos tesoros que poseemos”. Leyton no puede presentarse como un ser escueto -de tan fornido de espaldas, grueso de valentía, pectorales de plata de ley- pero sí como un tesoro de jerezanía. Si alguna vez se puso el mundo por montera, no fue sino para regalarle dos medias verónicas al insondable signo de la vida. Los jerezanos sí eran conscientes de la valía torera de Manuel Leyton -por cierto, pariente de Manuel Torre (¡gracias por el apunte, David Montes!)-. Aquel día Jerez amaneció fuera de todo embate extraordinario. Como contradiciendo el verso del poeta: “Sólo lo excepcional es duradero”. Antes al contrario ‘El Coli’ fue atravesado en la madurez de su precocidad o, por mejor decir, en la precocidad de su madurez. El almanaque señalaba, con circunferencia de arena del coso de toda fatalidad, el adjetivo de festivo. Jerez entonaba, silentemente, puro costumbrismo de fervor religioso a resultas del título siempre tácito -no oficial- de esta muy mariana tierra. El día de la Virgen por antonomasia jamas escudriñaba la excedencia de ninguna injustificada emigración hacia las playas limítrofes. El calendario no admitía licencias en torno a María Santísima. Ecuador agosteño de un sol no precisamente de justicia aquella tarde donde nadie atisbó en el madrileño sonido de los clarines la sinalefa de una marcha fúnebre. Un jerezano humano y humanitario dio su último paseíllo. La guadaña se avino in extremis, inmisericorde, como una desalmada proclividad de la inconsciencia. La deformidad de la lógica como un desaprendizaje de toda conjetura…
El conocido poeta jerezano Francisco González Vega enseguida contacta con quien suscribe. Cuando atiendo sus palabras, que emergen a borbotones de nostalgias ahora encendidas como un celemín casi sagrado, detecto el porqué de las causalidades. Y no casualidades. Me comenta: “Tu artículo me ha escarbado en el alma. Porque yo, de muy jovencito, tuve un capote que perteneció al ‘Coli’. Lo compramos, ya después de muerto, el guitarrista Paco Naranjo y yo. Nos gustaba torear. Soñábamos con ser toreros. Entrenábamos en la Platea todas las tardes. Nuestra emoción era imbatible. Se nos daba bien. Y le pusimos mucho empeño. Todas las tardes, sí, como te he dicho, entrenábamos. Con el capote del admirado ‘Coli’. Lo recuerdo ahora, tras leer tu columna, como si fuera ayer”.
Paco González habla con la voz entrecortada. Su dicción se endulza, como un romance regado de miel. “Te cuento una anécdota -me precisa-: cierto día, con ese mismo capote, Paco Naranjo y yo, ni cortos ni perezosos, saltamos el alambrado y nos metimos de sopetón en la ganadería que estaba entre Jerez y El Puerto de Santa María para torear… Así de intrépido era nuestro brío. Había, sin exagerar, más de 100 toros delante de nosotros dos. No transcurrieron más de cinco minutos cuando dos personas a caballo nos pillaron infraganti y nos condujeron a la casa del cortijo, para denunciarnos. Yo les dije que mi padre era amigo de Curro, el conocedor de la ganadería del marqués de Domecq. Hicieron una llamada telefónica y de repente nos dejaron salir sin cargo alguno. Poco después, con 18 años, toreé en una plaza portátil de Antonio Román, en Villamartín”. No la sombra, sino la estela de Manuel Leyton, es alargada. Como el amor de todo Jerez, que le honró aeternum rotulando una calle en su memoria.
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