Opinión

Manuel Sotelino

José Luis Balao

Rondaba la década de los ochenta cuando tuve la oportunidad de estar un año con una beca que ofrecía el Ayuntamiento de Jerez en la academia de Manuel Lozano ‘El Carbonero’ y José Luis Balao. Hubo unas pruebas en San Telmo y fui a probar suerte. Me designó ‘El Carbonero’ para una de esas becas y así comencé a subir tres días por semana la cuesta de San Telmo para aprender en aquel auténtico brocal de futuros guitarristas que nos formamos en la academia de los dos maestros.

‘El Carbonero’ tenía un don especial para enseñarte a tocar y aprender falsetas de todo tipo. Cada clase la pasaba por un pasapuré con el fin de que la deglutieras mejor. Aprendí con Manolo gran parte de lo que sé y de lo que olvidé por el paso de los años.

Cuando llegabas a un nivel medio alto, Balao entraba en acción para desplegar el telón de las otras músicas. Te dejaba observar el horizonte musical entre las seis cuerdas de una guitarra. Gracias a José Luis Balao, uno aprendió quién era Jorge Cardoso, Riera o Villa-Lobos. Y así entrabas en un espacio guitarrístico que teníamos al alcance de la puerta de cristal de su aula. Recuerdo aquella cómoda de grandes cajones cargada de partituras y de cómo disfrutaba poniéndote desde ‘Las Bodas de Luis Alonso’ hasta un Preludio de J. S. Bach.

Balao me llamó siempre por mis dos apellidos: “Sotelino Polonio, pasa a la celda”, decía con humor señalando su aula. Lo recuerdo, en aquella época, con su gorra marinera y en sus manos todo un mundo de música dibujado en el pentagrama.

Ahora me entero de su fallecimiento. El viejo maestro que compuso obras sudamericanas, falsetas por granaínas inverosímiles y hasta marchas de Semana Santa, a pesar de no ser precisamente ferviente creyente.

Las últimas veces que lo vi fue en su academia de la calle Gaspar Fernández. Rodeado de gatos. Quería repasar algunas obras que se me habían desmembrado de la memoria. Fueron unos meses de gran alegría poder reencontrarme con el maestro. Después, ya no volví a verlo.

Balao fue el pórtico que nos mostró otras músicas y otros ámbitos. A aquellos chavales —muchos de ellos grandes profesionales hoy en los escenarios— que solo nos gustaba tocar por bulerías. Recuerdo también que Manolo Lozano y Balao, saliendo a la sala de espera, nos reprendían con algunos gritos, diciendo que allí no se tocaba por bulerías mientras se esperaba la clase. Nos calentábamos y aquello terminaba siendo un galimatías de falsetas a compás.

Aquellos maravillosos años en los que uno soñaba con ser guitarrista profesional y donde José Luis Balao tuvo un papel muy relevante junto con ‘El Carbonero’. Mis maestros.

Ahora sé que desde el cielo se desprenderá, como una lluvia fina, los acordes de ‘Serenata Ingenua’ o la ‘Milonga’ de Cardoso. Descanse en paz el bueno del maestro José Luis Balao. Aquellas partituras, que parecían reproducirse dentro del cajón de la cómoda, cargadas de tantos kilos de música, ya descansan en el cielo para siempre.

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