Habladurías

Fernando Taboada

Ladrillo visto

HUBO un tiempo en que no se respetaba en absoluto la Ley de Costas. Entre otras razones porque ni siquiera existía una Ley de Costas que respetar. Entonces se aprovechaba para construir a lo loco, y se pedía a los bañistas que hicieran el favor de echar las tumbonas un poco para allá, porque tenían que montar la hormigonera. Se traían unas grúas que daba miedo verlas. Se colocaban los obreros el casco para protegerse del sol, se plantaban la camiseta de tirantes, y hala, a echar piropos a las suecas mientras preparaban la mezcla. Y luego, a poner los ladrillos uno encima del otro hasta que ya no se supiera muy bien si aquello era una playa o las afueras de Getafe.

Se levantaban edificios a tal ritmo que cuando salían a la venta los apartamentos, el feliz comprador ya podía presumir de tener una casa estupenda en la costa, aunque desde la casa en cuestión la costa hubiera que imaginársela, pues con tantos bloques alrededor todo lo que se veía del mar era el cuadro ese con un velero que no podía faltar en la pared del salón.

Aunque este afán por construir en la playa tuviera su mayor auge en el último tercio del siglo pasado, sus antecedentes se remontan a épocas muy anteriores a la implantación del biquini. Concretamente habría que remontarse a la época en la que a unos romanos, gracias a esa manía que tenían los emperadores de ir por el mundo construyendo ruinas, se les ocurrió levantar en Bolonia las de Baelo Claudia.

Pero los romanos, tan atareados como estaban construyendo acueductos de Segovia y elaborando mosaicos, tampoco tuvieron oportunidad de cometer demasiados abusos inmobiliarios junto al mar. Ha sido más recientemente (ahora que apenas hay ya un palmo de litoral sin urbanizar) cuando al fin tenemos unas leyes magníficamente redactadas para impedir que se construya sin ton ni son.

A veces, sin embargo, gracias al laberinto burocrático, y con unas administraciones cuyas competencias son un misterio (porque casi nunca se acaba de saber si un problema es cosa de la Diputación, o más bien pertenece al Gobierno Autonómico, porque lo mismo incumbe al Ayuntamiento, a la Mancomunidad, o cae bajo el dominio del Estado), se empiezan a pasar el embolado de unos a otros, sin que nadie se aclare sobre quién es el responsable de ciertos descuidos civiles.

Uno de esos descuidos lo tenemos en la costa almeriense, donde se levantó un hotel -el Algarrobico- que a pesar de tener nombre de casita rural, con chimenea y con geranios, es un mamotreto con más de veinte plantas, pero que debió de surgir como por generación espontánea, ya que ninguna autoridad puso freno a una obra que difícilmente pasaría desapercibida a alguien que conserve la vista. Y todo ello cuando a lo mejor a usted, por hacerle una caseta al perro sin pedir permiso, le llega un buen día una inspección, le deja al perro durmiendo a la intemperie y encima se le cae el pelo por andar especulando con el suelo.

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