Enrique Gª-Máiquez

Luri en Cádiz

Su propio afán

¿Quiere defender la verdad? Dígala. ¿Quiere defender la libertad? Séalo.

16 de septiembre 2019 - 01:36

Entre mis muchos prejuicios, estoy en contra de invadir la intimidad de los escritores. Hay que buscarlos en sus libros, donde dan lo mejor de sí y desistir de ese empeño de meterse en su casa o robarles su tiempo. Mi prejuicio es peor porque sospecha que, en muchos casos, aunque sea inconscientemente, prima el deseo de presumir de trato íntimo sobre el afán de conocer una obra. Es un vivir para contarlo o marcarse un selfie anecdótico.

Entre las ventajas de los prejuicios, una es que se los puede vencer. Me ha ocurrido este fin de semana en el que el filósofo Gregorio Luri ha estado conferenciando en Cádiz. Por supuesto, lo mollar de su mensaje sobre las familias sensatamente imperfectas lo ha dado en las conferencias. Sin embargo, en un aparte personal (lo siento), me dijo algo que merece hacerse público. No por presumir de amistad con el maestro, sino para prestar un servicio público.

Según Luri, para combatir las modas mundanas más mareantes del momento y para resistir la presión de lo políticamente correcto sobre el sentido común, hay que confiar en los pequeños grupos, en el trato personal y en los rincones en los que se pueda hablar claro y tranquilo, ejerciendo la inteligencia crítica. Yo, que he visto a Gregorio Luri intervenir en un sesudo congreso universitario, en estas conferencias a grupos de padres inquietos por la educación, en la sobremesa de una cena y en el mano a mano de un paseo hacia el hotel, puedo asegurar que su pasión y entrega son siempre las mismas. Ni el número ni el nivel académico de sus interlocutores le hacen bajar la guardia del rigor. Predica con el ejemplo su convencimiento de que el secreto radica en el diálogo personal.

Roger Scruton coincide con él en que la clave de la guerra de las ideas está en las little platoons, en expresión de Edmund Burke, o sea, en esos "pequeños pelotones" de las comunidades intermedias: asociaciones de padres, clubs sociales, hermandades, tertulias, peñas de caza, etc.

Si el campo de la batalla sociológica y cultural está en esta guerra de guerrillas (algo en lo que los españoles somos históricamente especialistas), podemos darla en nuestra familia y con nuestros amigos, sin esperar, desesperanzados, a tener grandes altavoces o medios de comunicación o cuotas de poder. La libertad y la verdad se defienden con su práctica cotidiana. Hay que echarse al monte del propio criterio y los buenos ratos.

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