Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

Medita para vivir

LOS idus de marzo con su luna llena siempre fueron propicios para la búsqueda del espíritu, la verdad o la meditación. Da igual que no tengas clara tu creencia, o sencillamente no la tengas. De vez en cuando hay que asomarse al balcón de la inmensidad de todas las cosas que nos rodean, que ya son en si una enormidad. Da igual si lo haces hacia dentro o hacia fuera, si te extrañas o te entrañas, que te centres o descentres, que salgas o entres. De vez en cuando conviene despegarse de la tierra-cuerpo, que tanto ata, y desplegar alas, ponerle atrevimiento al sentido, bailar como si nadie te viera, reír, llorar, o desahogar el ánimo y el alma. Conviene salir de uno, de ese espejo narcisista que no dialoga sino con su propio reflejo. Hay que transvasarse a la dimensión de los sueños, a la loca juventud o al niño ya oxidado; cerrar los ojos y escuchar el sonido de antaño, oler el aroma materno que nos acunaba y sentir el lábil roce del viento en la cara.

Desde que el primer homínido descubrió que más allá del rayo visible y el trueno audible hay un misterio inabarcable, quiso llenar su espacio vital con signos que le conectaran con él. Porque detrás de todo siempre hay un algo más, alguien más, que irá adquiriendo nombres y significados distintos, casi iguales, en cualquiera de los espacios de esta bola tan pequeña en la que vamos acoplados. Las preguntas eternas, que fueron en el ‘homo erectus’, existen y persisten en el acervo del ‘sapiens’. Aún no hemos renunciado a la pregunta del más allá; por más que las explicaciones quieran circunscribirse a las matemáticas. De todos modos, cualquier intento científico parte de una hipótesis; como cualquier deseo parte de una esperanza. El hecho mismo de imaginarlo ya puede darnos principio de su existencia; porque hasta los sueños existen si van haciéndose con nosotros, como ellos nos hacen, si alguna vez llegamos a cumplirlos. Existen y existimos, los unos en los otros. La música existe más allá de las notas, como los verdaderos sentimientos, que se encuentran en el silencio de las palabras. Porque casi todo es un poco así.

Es tiempo de comunicación con el infinito, con el aire libre, con los árboles o con el polvo del camino. Y que cada cual busque el lenguaje que necesite. Tienes mucho donde elegir: busca en Dios o en el Universo, en la religión o en el mundo inorgánico de la geografía y los minerales; busca en el reino vegetal o animal, en la botánica o en el hombre, en el individuo o en la sociedad; busca en la fisiología o en la sensibilidad poética, en el cocimiento a priori o en el festival flamenco… Pero busca, para no quedar encerrado, reducido y amputado ante las posibilidades que te ofrece la vida, y las razones para vivirla, comerla y beberla. Vive abriendo los brazos a la inmensidad que te rodea y no reduzcas tus pensamientos a la papilla triturada de la inmediatez dominante. Abre el espacio de tu ser, hasta que ese otro Ser, que habita más allá de tu mirada, se deje encontrar en el camino de tu existencia.

Para meditar solo se necesita ser hombre; ni siquiera es preciso ser creyente; si acaso rumiante. Para encontrarse se necesita vivirse, agotar los saberes que te ofrecen las células, escrutarlas, exprimirlas e ir más allá, hasta que te hable el infinito y se vele la razón de las palabras en el eco del silencio; entonces la hondura te poseerá en el acompasado ritmo de tu respiración. Porque la existencia viene en la realidad primera de tu yo aceptado. Meditar así es contemplar, contemplar así es vivir, es respirar, y respirar así tiene sentido. Ábrete al cosmos, abarca el espacio y el tiempo, y deja que la sinfonía de la humildad escriba en la partitura de tu corazón. Medita para vivir.

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