HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano /

Superioridad moral

Haga lo que haga, pase lo que pase, sean cuales sean los escándalos en los que se vean envueltos sus dirigentes y las consecuencias de sus políticas, la izquierda social- capitalista, sombra vaga de lo que fuera en sus orígenes, sigue hablándonos con impostada autoridad moral. Otra contradicción, pues una de las grandes mentiras tradicionales de la izquierda es que la autoridad, mientras no obtiene el poder, es de derechas. La autoridad moral de la izquierda, como al soldado el valor, se le supone, no hay que explicarla ni discutirla: es la voz de los buenos y de los pobres, del progreso, de la justicia, de la igualdad y de todos los imposibles que se nos ocurran, porque una de las estrategias políticas más elaboradas de la izquierda ha sido siempre la mentira. Pero la mentira verosímil. Quizá fuera Raymond Chandler el que se refería a la novela como la habilidad de saber contar mentiras verosímiles.

Lo que no sabemos es cómo ha podido la izquierda, la antigua y verdadera y la actual y falsa, mantener la fe de los votantes en su superioridad moral. Debe ser un sentimentalismo y no un razonamiento. No solo habla con superioridad moral, sino que se arroga, por ella, el poder cometer crímenes, establecer dictaduras, promover guerras, arruinar a las naciones, acabar con la libertades elementales del hombre, inspirar fascismos, imperialismos, nacionalismos, grupos terroristas, populismos y lo que cada lector quiera añadir de su memoria personal. En nombre de la superioridad moral convirtió el siglo XX en un infierno que aún avergüenza a la Humanidad, porque también las tiranías de corte fascista eran hijas del socialismo. De los grandes desastres del siglo pasado vamos perdiendo conciencia. Si no fuera así, declararse socialista hoy sería tan vergonzoso como declararse nazi. Las sociedades, como las personas, se envilecen a base de mentiras y el embrutecimiento pasa por progresismo igualitario.

Hay males en España que vienen de sus dependencias económicas y estratégicas. Siempre los hubo a causa de su situación geográfica. Pero hay descensos morales que han llegado con las políticas socialistas. Hay quien piensa que ha sido con un propósito deliberado; pero es dudoso, porque para desprestigiar a España desde dentro haría falta una inteligencia superior, sostenida por talentos perversos y un equipo de expertos en dinamitar naciones. Aparte de la maldad intrínseca del marxismo, nada de esto tiene el izquierdismo español. Le ha salido así parcheando en lugar de rehabilitar la casa. Dicho al modo de Gómez Dávila: Dios no muere, pero desgraciadamente para la dignidad del hombre mueren dioses menores: el pudor, la honradez, el respeto por las leyes, el decoro, el valor de la vida, la educación, el esfuerzo en el estudio, el mérito, el gusto por las artes y, en suma, el patrimonio espiritual heredado. La superioridad moral de la izquierda es pura superstición de una plebe ávida de mentiras.

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