mANUEL MUÑOZ FOSSATI

Vagos de nacimiento

La sociedad española ha alcanzado un nivel en el que ya no todo esfuerzo, situación o mero trabajo merecen la pena a todos

España se enfrenta a un grave problema, dicen: faltan trabajadores en sectores en los que hasta ahora sobraban: albañiles, camareros, camioneros... Los empresarios afectados elevan sus quejas por esta situación. Muchos de ellos, y otros tantos, acusan directamente al personal, sobre todo a los jóvenes, de no querer trabajar. Que hay mucho vago, vamos.

Olvidamos que la vagueza viene con la condición humana desde que vivíamos en el Paraíso, y que es la ley del mínimo esfuerzo uno de los numerosos rasgos de inteligencia que han impulsado el progreso humano. Desde siempre, trabajar para otros ha sido una condena que nos hemos visto obligados a asumir fundamentalmente por dos razones: la primera y principal, por necesidad de supervivencia, es decir, que ha trabajado siempre el que no ha tenido más remedio, para garantizarse el sustento; y segundo, por recompensa, o sea por la obtención de un beneficio (sea del tipo que sea, pero fundamentalmente económico) que justificara el tener que someterse a aquel castigo de un dios implacable. Ese es el sentido de la esclarecedora frase "merecer la pena", que tiene su continuación en la lógica de "para qué trabajar si no me hace falta". Por méritos propios y también por la suerte de haber caído en el mundo occidental, la sociedad española ha alcanzado un nivel en el que ya no todo esfuerzo, situación, penalidad, injusticia o mero trabajo merecen la pena a todos. Es inútil e injusto recordar, como argumento, que en nuestra juventud tuvimos que aceptar lo que había y ponernos a trabajar en las condiciones que fueran. Ya no es así, no al menos de manera tan tajante. Ahora, cada vez menos personas (aunque sigue siendo la mayoría, y siempre nos quedarán los inmigrantes) se ven forzadas a trabajar sin unas condiciones 'aceptables'.

Hay quien le echa la culpa a los subsidios que garantizan una renta mínima, y parecen añorar aquellos lejanos tiempos en los que la necesidad extrema de algunos nos garantizaba que ningún trabajo, hasta los más desagradables y peor pagados, se quedara sin realizar. Y se olvidan de que la poca diferencia que hay entre esas rentas mínimas y algunos sueldos reales hace muy poco merecible tanta pena. La clave la dan los mismos industriales que se quejan de la falta de mano de obra, cuando ellos mismos confiesan, sin darse cuenta, que tener abiertos sus negocios con esos costes "no les compensa".

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