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No es un tiempo muerto este en el que cada cual, solo o acompañado, se enfrenta a su soledad

PASADA la primera fase del confinamiento, que por lo que dicen puede prologarse bastante tiempo todavía, al asombro, los comentarios perplejos o malhumorados y el ineludible temor, aún más justificado si le sumamos a la crisis sanitaria el anunciado desastre económico, ha sucedido una especie de inquieto remanso que en ciertos momentos, favorecidos por el silencio, la atmósfera introspectiva y la rara sensación de vacío, puede propiciar esa benéfica transformación derivada, tras la conmoción inicial, de algunas experiencias inesperadas e incluso traumáticas. No somos héroes por permanecer pasajeramente privados de libertad de movimiento, porque no lo hacemos en celdas y porque la tragedia tiene lugar no lejos, pero al menos hasta ahora al margen –aunque ya todos conocemos a amigos o familiares de amigos internados, asistidos por los héroes verdaderos– del entorno más inmediato.

Las etapas que describen quienes sufrieron cuarentenas, prisiones o convalecencias apuntan a instantes de lucidez, a veces dolorosa, en los que se alternan la nostalgia y el deseo de renacimiento. Días atrás volvíamos de hacerle los mandados a madre y era una delicia observar, aun desde este lado de las verjas, los parques desiertos y las hileras de árboles florecidos, una de esas memorables jornadas en las que el esplendor de la estación casi hiere la vista. Los escenarios familiares, tan llenos de pasado y a la vez tan prometedores, brillaban a la luz limpia de una mañana irreal como lo están siendo todas en las últimas semanas. Olvidábamos por un rato el tristísimo parte de bajas, la dura y conmovedora batalla que se libra en los hospitales, la insufrible palabrería de los demagogos y de toda esa gente que no deja de escupir bilis ni en los momentos de duelo. Recordábamos el salmo de Cansinos que tanto gustaba a Borges –oh, Señor, que no haya tanta belleza– y nos reconciliábamos con la aterrada humanidad que de un día para otro se ha recluido en sus casas.

Pensábamos con emoción en las personas queridas, en todo lo bueno que nos han dado, en tantas cosas como les debemos y no siempre hemos sabido expresar, aunque sean parte íntima de nosotros. No es un tiempo muerto este en el que cada cual, solo o acompañado, se enfrenta a su soledad, la misma que habitamos en otras ocasiones casi sin darnos cuenta. Hay quienes afirman, tal vez con razón, que después de todo esto no seremos necesariamente mejores. Nadie lo sabe ni puede hablar por los demás. Lo que sí sabemos es que la compasión genuina, el ejercicio premeditado de la consciencia y el entendimiento de uno mismo están en la base de todo lo que hace que vivir merezca la pena.

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