Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 23)

Bartolomé Gago de los Santos, supuesto ejecutor de la sentencia de 'El Blanco de Benaocaz'. Bartolomé Gago de los Santos, supuesto ejecutor de la sentencia de 'El Blanco de Benaocaz'.

Bartolomé Gago de los Santos, supuesto ejecutor de la sentencia de 'El Blanco de Benaocaz'.

Después de su conversación con la mujer de Cayetano de la Cruz, Mencía decidió que iría a conocer al padre de aquel desgraciado de ‘El Blanco de Benaocaz’. Tenía una intuición y para constatar si era cierta no tenía más remedio que examinar la carta que, aparentemente, su hijo le había remitido desde Barcelona.

A la mañana siguiente, pidió a Serafín, el cochero, que preparara el coche porque había decidido ir a El Valle a visitar a una amiga, hija de don Rafael Romero, uno de los fundadores del poblado. También le advirtió con gesto serio que no se le ocurriera decir nada a su padre de aquel viaje.

El cochero dudaba, pero no se atrevió a advertir al marqués del propósito de su hija. A fin de cuentas –se dijo– ella sería en un futuro no muy lejano quien dirigiría la bodega y si ahora el marqués le prohibía viajar por aquellos caminos tan peligrosos para los señores por las partidas de bandidos que las recorrían, ella sabría que era él quien le había develado su plan y tan pronto cogiera las riendas del negocio lo despediría por traicionar su confianza. “Si le pasa algo a la señorita y el marqués se enfada por no haberle informado a él del viaje, siempre puedo decirle que ella me contó que tenía su permiso”, se tranquilizó.

Era muy temprano cuando el coche partió en dirección a la sierra, y mediodía cuando llegaron a la entrada de El Valle.

–Serafín –le ordenó Mencía–, pregunta por ahí dónde vive un tal Monteagudo.

Después de hablar con unas mujeres, el cochero se subió al pescante y enfiló una estrecha calle. Pronto se encontraron en las afueras del poblado.

Llegaron a una choza y Serafín paró el coche en la puerta. Antes de que se bajara para llamar, Mencía le advirtió de que mantuviera en secreto quién era ella.

Dio unos golpes y al poco salió un hombre achaparrado, de aspecto ferreño a pesar de sus muchos años y con cara corriente de campesino.

–Soy Blas Gago… El Monteagudo, como todo el mundo me conoce –dijo dirigiéndose a Mencía– ¿En qué puedo servirla, señorita?

Ella siguió con el plan que había ideado:

–Ah, usted es Blas Gago. Yo en realidad vengo buscando a Bartolomé Gago, que le dicen ‘El Blanco de Benaocaz’. Venía a encargarle unas faenas. Me han dicho que es muy buen hortelano y quería contar con él para plantar un huerto en casa. ¿Dónde puedo encontrarle?

El hombre la miró fijamente. Sus canas acrecentaban la tristeza de sus ojos, muy negros. Lucía una camisa de una blancura deslumbrante, pero a Mencía no le llamó la atención porque era lo corriente entre la gente del campo andaluza. Los campesinos, sobre todo los de la baja Andalucía, han hecho desde siempre tanto culto de la blancura de su camisa como de la cal de las paredes de sus casas, considerándolas emblema de otras limpiezas interiores. Era frecuente que cuando alguno quería exaltar su honradez dijera: “Yo, que me mudo de camisa siempre que es menester”.

Con un hilo de voz cansada respondió:

–Yo soy su padre, señorita. Y eso mismo es lo que a mí me gustaría saber. Llevo tres meses sin más noticias suyas que una carta que me mandó de Barcelona. Salió de El Alcornocalejo una mañana a hacer la sembradura en el rancho de los Corbacho y no he vuelto a tener noticias de él.

Hizo una pausa, dio un grito a los perros, que no paraban de ladrar y gruñir, y siguió:

–Llevaba una semana sin saber nada de él y le pregunté a los roperos de la zona si mi hijo les había entregado ropa para lavar y me dijeron que no. Les volví a preguntar a las dos semanas y me repitieron lo mismo… Entonces, como aquello me parecía muy raro, me fui al cuartel de la Guardia Civil para presentar una denuncia, pero allí me dijeron que antes de empezar el papeleo tenían que esperar un tiempo, por si aparecía. Cuando les llevé la carta el sargento la leyó, y me dijo “Tranquilo Monteagudo que, según dice aquí, está en Barcelona”, pero yo le noté en la cara que estaba tan escamado con aquella carta como yo… Nada más salir del cuartelillo me vino a la cabeza ese “según dice aquí”, y desde entonces no se me borra. Estoy en un sinvivir.

Mencía ya conocía la terrible verdad de aquella carta por la conversación que tuvo con la mujer de Cayetano de la Cruz, pero le faltaban fuerzas para confesársela a aquel pobre hombre.

–¿Y por qué le inquieta tanto esa carta, Blas? A mí me parece buena señal que le haya escrito, aunque sea solo una vez y desde tan lejos.

Se sentía mal por estar ocultando la verdad a aquel anciano. Le oyó entonces decir:

–Sí fuera así, sí; pero no lo es. La carta no está escrita por mi Bartolo, porque él no sabe escribir, pero sí firmar. Y la firma que aparece en la carta no es la suya ni se le parece siquiera… Además, dice que al contestarle pongamos como destinatario a una persona que no es él, ¿qué sentido tiene que tengamos que mandarle a él una carta poniendo el nombre de otro?

–Bueno –respondió–. Yo conozco bien Barcelona. Si me enseña esa carta, a lo mejor le puedo dar alguna referencia sobre la dirección de quien la manda.

Él se metió en la choza y salió con la carta. Las manchas del papel y sus arrugas hacían ver que estaba muy manoseada. Mencía se imaginó, con pena, a aquel pobre hombre ojeándola una y otra vez sin poder sacar nada en claro porque no sabía leer.

Mencía abrió el sobre y sacó el papel. En él decía a sus padres que sentía tener que decirles por carta lo que les debería haber dicho en persona. Después les contaba que, en vez de ir a trabajar a El Alcornocalejo, a la hacienda de los Corbacho, había decidido ir a Sevilla, y de allí hasta Barcelona, en donde había encontrado trabajo como hortelano, y que era su intención volver pronto, en cuanto hubiera ganado unos dineros. Terminaba pidiéndoles otra vez perdón por no haberles contado su plan y por haberlos dejado sin noticias durante tanto tiempo.

Mencía sintió que aquel pobre hombre la miraba como si esperase una respuesta de esperanza por su parte. Por un momento pensó en tranquilizarle, pero comprendió que no debía hacerlo. La redacción de aquella carta era impropia de un analfabeto y quien la había escrito no lo era: la sintaxis era correcta y hasta la forma de expresión no era la de alguien que se limita a recoger por escrito lo que un analfabeto le dicta.

–Don Blas –le dijo–. A mí esta carta me resulta muy sospechosa. Yo creo que algo le ha pasado a su hijo. Si la Guardia Civil no quiere intervenir llévela al juzgado y preséntela al juez.

Al hombre se le hundieron los hombros y la voz se le hizo un hilillo de agua fina:

–Así lo haré, señorita. Yo me llevo maliciando lo mismo desde que me la leyeron… Pobre hijo mío… Esos malnacidos de los Corbacho.

Mencía le entregó unas pesetas diciéndole: “Para el viaje hasta el juzgado”. Él hombre las rechazó, pero ella insistió y él cerró la mano con los ojos llenos de lágrimas.

Mencía se subió al coche, casi a punto de llorar también. Iba ya el cochero a arrear a los caballos cuando Mencía le ordenó: “¡Espera!”. Se volvió a Monteagudo y le dijo:

–Si ve que los papeles de la desaparición de su hijo no se mueven, venga a verme a casa. El abogado de la familia está en Madrid y no vuelve hasta dentro de una semana. Le contaré lo que ha pasado con su hijo y le pediré que actúe. Tiene mucha influencia y si hay que recurrir al mismísimo ministro de la Gobernación lo hará. De hecho, mi padre tiene el compromiso del ministro de que si hace falta su intervención por cualquier causa, que cuente con ella.

El coche volvió a desandar las mismas trochas y veredas que a la vuelta. Mientras miraba el paisaje, Mencía se iba diciendo:

–He conocido tu letra, miserable. No sé si te habrás manchado las manos de sangre, que casi seguro que no, pero eres uno más de los criminales que han quitado la vida al hijo de ese pobre hombre.

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