Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 25)

Retratos de Francisco y Pedro Corbacho, según fotografías del informe publicado por M. Cubas en Madrid en 1884. Retratos de Francisco y Pedro Corbacho, según fotografías del informe publicado por M. Cubas en Madrid en 1884.

Retratos de Francisco y Pedro Corbacho, según fotografías del informe publicado por M. Cubas en Madrid en 1884.

Pedro Corbacho llamó a gritos a su hermano: –¡Francisco, ven enseguida! ¡Deja lo que estés haciendo, sea la que sea!

Alarmado por el tono apremiante de su hermano, Francisco dejó de aviar la mula y se dirigió a la choza.

Allí estaba su hermano acompañado de otro hombre, vestido con una lujosa librea gris con botones plateados y esclavina sobre los hombros.

–Este es el cochero del marqués ese de las bodegas del brandy –dijo Pedro–. Se llama… ¿Cómo has dicho que te llamas?

–Yo, Serafín. Mi amo es el marqués de San Juan de Aliaga –respondió–.

–“Mi amo”, tienes alma de esclavo, cochero. Repítele a mi hermano lo que me acabas de contar.-Pues que ayer mismo la hija del marqués me pidió que la llevara a una choza de El Valle y que mantuviera la visita en secreto porque no quería que su padre se enterara, ya que iba a ver a un hombre que…

–Esos son chismes. El hombre le dará gusto a esa señorita tuya y ya está. ¿Qué nos viene y nos va eso a mi hermano y a mí? –respondió Francisco ácidamente–.

–No se equivoque, que no es lo que usted dice. ¡Buena es la señorita Mencía para echarse un amante! ¡Y menos uno que viva en una choza! El caso es que la llevé y resultó que el hombre era un viejo. Ella empezó a hablar con él, no sé de qué porque yo andaba entretenido en recomponer las riendas, pero el caso es que el hombre se metió en la choza y salió con una carta.

–Sigo sin ver qué nos importa eso a mi hermano y a mí –insistió Francisco–.

–¿Y si le digo que ese hombre es El Monteagudo, el padre de Bartolomé Gago, y que la carta venía de Barcelona? –respondió Serafín–.

Los dos se quedaron petrificados. Tardaron en reaccionar unos segundos.

–¿Y qué tenemos nosotros que ver con ese Monteagudo y con una carta de Barcelona? –preguntó Pedro con un tono de aparente indiferencia, pero obviamente preocupado–.

–Yo no lo sé, pero el caso es que El Monteagudo ese dijo: “Esos malnacidos de los Corbacho”. Y como escuché que la señorita le aconsejó que llevara la carta al cuartel de la Guardia Civil y que si allí no le hacían caso que fuera al juzgado, me dije que tenía que venir a avisarles a ustedes. Y aquí estoy...

Francisco Corbacho lo miró fijamente y dijo:

–¿Y tú qué ganas con esto? No nos conoces de nada y es raro que traiciones a la hija de tu amo por nosotros. ¿No será una trampa de los civiles, que te mandan a ti para sonsacarnos y después meternos presos? Si es así despídete de tu amo, de la hija de tu amo, de tu familia y de la vida.

–No, no. Lo juro –gritó Serafín lleno de pánico–. Es solo porque quiero llevarme bien con la hermandad. A fin de cuentas, soy un trabajador, aunque no sea bracero ni gañán…Tampoco ustedes lo son lo son. Tienen tierras.

–¿De qué hermandad hablas, perro? Cada vez veo más claro que te manda la Guardia Civil a sonsacarnos. Voy a por la escopeta y así se enterarán los civiles de la cantidad de sangre que derrama un cerdo cuando lo destripan.

Serafín se espantó cuando vio que Francisco Corbacho se daba media vuelta y tomaba el camino de la choza. Se arrepintió de haber dado ese mal paso, pero ya no tenía remedio. Decidió gastar su último cartucho.

–Les diré la verdad –dijo-. No estoy aquí por ustedes ni por la hermandad, sino por ganarme unas pesetas. Si no hubiera venido a pecho descubierto no les habría hablado de la hermandad, porque sé que solo con mencionarla sin ser de ella me estaba ganando sentencia de muerte. 

Francisco se rió.

–¿No ves, hermano? Todos los muertos de hambre son iguales: no hacen nada sin que esté por medio el dinero. Al final, los ricos y los pobres se parecen más de lo que se creen… Pero empecemos por el principio: ¿quién te ha contado a ti que nosotros somos de la hermandad?

–No me lo ha contado nadie, pero es lo que he oído entre mis amistades. Lo digo para que se queden ustedes tranquilos de que yo me muevo entre su gente.

–¿Entre nuestra gente? Ni mi hermano ni yo tenemos una lengua tan larga como tus amigos. Ya nos enteraremos quiénes son y aprenderán a cumplir lo que juraron… Pero vamos a lo que ahora interesa: ¿Qué le dijo tu señorita a ese Monteagudo cuando leyó la carta?

–Pues lo que les he contado: que fuera a denunciar a la Guardia Civil que su hijo había desaparecido y no había dado señales de vida desde hacía tiempo, y que si no le hacían caso se llegara al Juzgado. Pero lo peor no es esto, sino que al final le dijo que si no veía que se movieran los papeles, que se lo dijera a ella y que su abogado y su padre harían que interviniera incluso el mismísimo ministro.

Los dos se miraron inquietos.

–Habrá que convocar enseguida a los de la comisión –dijo Pedro–. La cosa es grave.

Se dirigió después al cochero para preguntarle:

–¿Dijo la hija de tu amo cuándo hablaría con su abogado y su padre?

–No, pero le contó a ese Monteagudo que el abogado estaba en Madrid y que no volvería hasta dentro de una semana.

–Pues ese tiempo tenemos. Mañana mismo hay que reunirse… ¿Y tú qué pides –preguntó al cochero– por habernos avisado?

–Hombre –respondió él con tono meloso–. Soy un hombre pobre y tengo cuatro niños que comen como cuatro limas sordas. Lo que les he contado puede salvarles la vida… Yo creo que cien duros está bien.

–¿Cien duros? Tú estás loco –exclamó Francisco indignado–. Cien navajazos es lo que te vamos a dar. Después enterraremos tu cuerpo y esos cuatro niños tragones se estarán preguntado dentro de veinte años que dónde estará su padre. Eso es lo que vamos a hacer ahora mismo y…

–Tranquilo, Francisco –replicó Pedro–. La información que nos ha dado este perro no vale cien duros, pero como es muy posible que tenga que echarnos una mano para quitarnos de en medio a su señorita, a lo mejor lo que pide no es tan exagerado.

–¡Cómo! –gritó el cochero asustado–. ¿Que yo tengo que ayudarles a asesinar a la hija del marqués? Para eso no cuenten ustedes conmigo.

–No se trata de lo que tú quieras o no, perro. No solo es que contigo, que eres de la confianza de esa puta, sea más fácil hacer que desaparezca, sino que así nos aseguramos de que no contarás nunca a nadie la verdad de lo que le ha pasado, porque si lo haces correrás nuestra misma suerte y te atravesará el pescuezo un tornillo igual al de nosotros… Y, además, después de lo que nos has contado, comprenderás que no nos fiemos de ti ni un pelo.

El cochero estaba muerto de miedo, pero veía que su suerte estaba echada. Tendría que colaborar con ellos en la muerte de la hija del marqués.

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