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Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 34)

Cartel de la Compañía Trasatlántica Española. Cartel de la Compañía Trasatlántica Española.

Cartel de la Compañía Trasatlántica Española.

Mientras descansaba en su habitación, Jacobo recibió el recado de que el conde deseaba tratar de un asunto con él, y que lo esperaba en la biblioteca.

Jacobo se dirigió hasta allí. El conde estaba sentado leyendo. Después de agradecerle vivamente que hubiera acudido con tanta prontitud, se refirió a la recompensa que le había ofrecido. No le resultó extraño, puesto que a él mismo le parecía desmedida.

Manifestó entonces que nunca aceptaría esa cantidad por sus servicios. El conde lo miró y lo interrumpió diciéndole con una sonrisa:

–Creo que me estoy explicando mal, amigo mío. No quiero regatear el precio de tu trabajo. Prometí esa suma a quien me regalara lo que tú me has regalado y lo cumpliré. Es más, creo que soy yo quien sale ganando: dinero a cambio de que mi esposa siga, en cierto modo, viva tras su muerte… Lo que quiero proponerte es otra cosa.

Jacobo lo miró intrigado:

–Dígame, conde.

–Te ruego que no me interrumpas hasta que termine –le pidió con gesto serio–. Escucha bien lo que voy a contarte.

Jacobo asintió y el conde se acomodó en el sillón.

–Tu invento –dijo– me servirá a mí cuando la condesa no esté conmigo, pero puede servir también a una amiga a la que quiero mucho. Es mi prima, aunque lo es por matrimonio. Me refiero a Su Alteza Imperial Valéria, esposa de mi primo, el emperador de Waldenz-Smareva, Franz-Otto. El matrimonio de ambos es en realidad una ficción. Ella no lo ama, incluso le ha buscado una amante, una actriz muy guapa. Desde que nació su hijo, el príncipe Férenc-Rodolphe, Su Alteza volcó todo su amor en él. Hace unos años, el príncipe se enamoró de la baronesa Sylvia Knoburg-Hassen, aunque el emperador repudió esa relación y mantuvo una lucha constante con él, exigiéndole que abandonara a la baronesa y se casara con una princesa digna del imperio que una vez heredaría. El caso es que una mañana aparecieron muertos el príncipe y Sylvia y, desde entonces, Su Alteza vive atormentada por su pérdida y sumida en una tristeza que no la abandona nunca.

Jacobo estaba embobado con aquel relato, pero no era capaz de imaginar adónde quería llegar el conde. Sin embargo, había prometido no interrumpirlo y siguió atento a sus palabras:

–Cuando he visto lo que has hecho con la voz de mi esposa, me he preguntado si podrías hacer lo mismo con la del príncipe Férenc-Rodolphe, quien también era muy aficionado al canto, hasta el punto de que, hasta los veintitantos años, ni un solo día dejó de recibir clases de los mejores maestros de Austria y Alemania. Desgraciadamente no es posible que conozcas su voz, pero aquellos grandes maestros viven y es posible que puedan describírtela con exactitud. Si con tu invento consigues evocarla con la misma fidelidad que la de la condesa serás uno de los hombres más famosos de Europa y de los más queridos de mi país, pues toda la aversión que mi pueblo siente hacia el emperador se vuelve afecto y admiración por la emperatriz.

Jacobo se quedó atónito con la propuesta del conde. Permaneció un rato meditando y respondió:

–Si esos maestros tienen conocimientos de música similares a los de Farinelli, creo que lo que usted me propone es posible.

Al conde se le iluminó la cara y dijo:

–Mañana mismo escribiré a Su Alteza. No, mejor: iré a verla a su palacio de Suiza. Pronto tendrás noticias mías… Entretanto, abriré una cuenta a tu nombre en España y en ella haré el depósito de lo prometido. Vas a ser un hombre muy rico, Jacobo… Tanto que creo que no te hará falta título ninguno para que el padre de esa joven a la que amas te acepte.

El conde hizo una pausa y comenzó a mirar a través de la ventana. En el jardín la tarde se empolvaba de rubio la cara con el polen de los tulipanes. Siguió en silencio durante unos segundos más y dijo:

–Naturalmente, el pago de la fuente de la emperatriz lo asumiré yo. Había pensado en abonar la misma cantidad que te voy a pagar por mis fuentes, pero después de meditarlo he pensado en otra forma de pago.Jacobo lo miró sorprendido.

–Me he dicho que dinero vas a tener de sobra –continuó el conde– para llevar una vida regalada, pero eres muy joven y el dinero es un veneno que se parece al agua del mar: cuanto más bebes de ella, más sed tienes… He pensado en pagarte en especie.

–¿En especie? –preguntó Jacobo–. No entiendo lo que quiere decir.

–Que no te pagaré en coronas, sino de otro modo.

Al ver la cara asombrada de Jacobo, el conde continuó:

–Me estoy refiriendo a la naviera que poseemos en tu país.

Jacobo se quedó bloqueado, sin saber qué responder. El conde lo advirtió y compuso una sonrisa.

–Imaginaba –dijo– que te ibas a quedar así. Te explicaré mi propuesta… Aunque empezaré por confesarte que en realidad nunca me ha interesado el negocio de la importación y exportación, sino que me he dedicado a él solo por procurarle una ocupación y un futuro económico acordes con el título que ostenta al miserable de mi sobrino. Y ese fin se ha perdido… Él mismo, como sabes, ha hecho que se pierda. No puedo, sin embargo, desmantelar de un día para otro un negocio que mantiene compromisos con sus trabajadores, clientes, proveedores… Pero tampoco quiero ocuparme de él porque me siento mayor para viajes tan largos y frecuentes. Cuando supe que tu casa en España está muy cerca de la sede de la compañía me dije que nadie mejor que tú para continuar con el negocio… En definitiva, te propongo una permuta: tú aplicas tu invento a la fuente del palacio de la emperatriz que ella decida, a cambio de las acciones de la empresa. A pesar de que mi sobrino no lo ha atendido suficientemente, el negocio viene siendo rentable. Bastará con que le dediques tiempo e interés para que te reporte importantes beneficios.

–Pero, conde –contestó Jacobo avergonzado–. El pago en dinero ya me parece muy generoso y…

–Te equivocas, Jacobo –le interrumpió–. No hay generosidad en quien da aquello que detesta y, desde que pasó lo de Dieter, aborrezco profundamente el negocio de los barcos.

Jacobo se quedó un momento dudando. Al fin, contestó:

–Acepto la permuta, conde. Creo que no hay igualdad en las prestaciones, puesto que yo salgo ganando con mucho, pero si esa es su voluntad la acepto agradecido.

El conde le alargó la mano y Jacobo la estrechó.

Al día siguiente, volvió la condesa de la visita a su médico en Balatonfüred. Estaba muy demacrada y tan cansada que pasó todo el día en su cuarto. Solo a última hora de la tarde se levantó porque el conde había dispuesto que se celebrara la cena de despedida de los Farinelli y Jacobo.

La comida discurrió entre grandes muestras de afecto de los condes hacia sus invitados. La condesa apenas probó bocado y tras los postres se excusó en que se encontraba sin fuerzas para seguir la velada.Aprovecharon para despedirse de ella. Especialmente resultó emotivo el abrazo con que lo hizo de Giovanna, mientras le decía algo al oído.

Giovanna asintió con la cabeza y una sonrisa que a su marido le pareció amarga.

Se despertaron al amanecer. Cuando llegaron al comedor para desayunar allí estaba ya el conde para despedirlos.

Subieron al coche de caballos que se había dispuesto para trasladarlos y después de cruzar Tihany y el lago Balaton, durmieron, como a la ida, en el palacio del conde en Székesfehérvár. Casi de madrugada, salieron en dirección a Budapest, en donde tomaron el tren que los conduciría de vuelta a casa.

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