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Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 47)

Interior de un calabozo en el siglo XIX. Interior de un calabozo en el siglo XIX.

Interior de un calabozo en el siglo XIX.

Toda la ciudad era un hervidero ante la boda de la hija del marqués de San Juan de Aliaga y el hijo del conde de Henestrosa. Hubo incluso quien decía saber de buena tinta que asistirían de invitados los reyes.Jacobo había quedado con ‘El Tabardillo en el bar del hotel Los Cisnes. Entró y se fue derecho al despacho del director, con el que tenía una relación que había pasado a ser de amistad desde el episodio de la pelea con el hijo del conde. Después de saludarlo se dirigió al bar.

Allí estaba ya ‘El Tabardillo’, de punta en blanco, y exhibiendo ostentosamente su cetro de acacia.

–Don Jacobo –dijo–, lo he citado porque tengo el encargo de vender una partida de botas vacías, envinadas con oloroso, que le vienen de perilla a su brandy. Ahora son ya buenas, pero si monta un cachón con ellas, las llena de un oloroso viejo, las deja envejecer y después sustituye el vino por un brandy de los suyos, en unos años ese brandy se lo van a quitar de las manos.

–¿Y cuánto piden? –preguntó Jacobo–.

‘El Tabardillo’ compuso la cara de la parte de sus tratos reservada al momento de revelar el precio.

–Nada. Un chollo, don Jacobo. Es de un banco y el lechuguino del apoderado sabrá mucho de préstamos, pero de botas envinadas está tieso. Deme usted el visto bueno y le conseguiré una rebajita en el precio que, al revés de una compra, sea un regalo.

Iba a darle su aprobación Jacobo cuando aparecieron dos individuos y le preguntaron:

–¿Es usted el marqués de Fuentes?

‘El Tabardillo’ se levantó:

–Yo los conozco a ustedes –dijo–. Son guardias municipales. Sí, este señor es el marqués de Fuentes, ¿qué se les ofrece?

–Tiene que acompañarnos, caballero –dijeron, a la vez que sostenían a Jacobo fuertemente, cada uno por un brazo–.

–Les acompañaré con mucho gusto –respondió él en tono sereno– ¿Puedo saber a dónde me llevan y por qué?

–Al cuartelillo –contestó uno de los dos–. Allí le informarán.

Lo condujeron en el coche de caballos de la Guardia Municipal.

El cuartelillo era un edificio que en una época de esplendor debió de ser residencia de una familia linajuda. Las cadenas que coronaban la puerta de entrada, sobre el copete, decían que en ella había dormido un rey. Ahora, sin embargo, lucía muy descuidado: sin encalar apenas y bastante quebrantada la piedra.

Los dos guardias entraron escoltando a Jacobo. Preguntaron al cabo de guardia, que se sentaba tras una mesa:

–¿Adónde lo llevamos, mi cabo?

–Dijo el sargento que, hasta que él le tome declaración, se le encerrara en el último calabozo.

–¿Y cuándo me tomarán declaración? –preguntó Jacobo–.

–No sé, quizás mañana –respondió el cabo–. El sargento está hoy de cacería y me imagino que volverá muy cansado.

Jacobo no entendía las razones de su detención. Pasados los primeros momentos en que todo fue agobio, se consoló diciéndose que se trataba de un error y que tan pronto como le tomara declaración aquel sargento lo pondría en libertad.

Llevaba allí un par de horas cuando escuchó una fuerte discusión:

–Cabo, le exijo ver a mi cliente ahora mismo.

Era la voz de don Rafael. Tras un momento de silencio se escuchó la afillada de ‘El Tabardillo’:

–Vamos, Romero, que nos conocemos desde niños. Haz la vista gorda y déjanos verlo.

–Lo siento don Rafael, pero yo no puedo decidir sobre eso, no vaya a ser que me lleve una bronca del sargento… Y tú, Tabardillo, perdóname. Nos hemos tomado muchas copas juntos pero este favor no puedo hacértelo.

–Sí, muchas copas juntos –resplicó ‘El Tabardillo–… Y siempre he convidado yo, que tú cuando te metes la mano en el bolsillo interior de la chaqueta puede ser que saques la pistola, pero la cartera ni para atrás.Ahora, Romero, te lo advierto: como no dejes pasar, por lo menos a don Rafael, que se te quite de la cabeza que vas a seguir bebiendo vino a mi costa. 

Debió de considerar el cabo razón de peso suficiente la dada por ‘El Tabardillo’, porque dijo:

–Bueno, como no hay ningún compañero, pasad los dos. Pero cinco minutos, ni uno más. Y, por cierto, yo negaré siempre que hayáis entrado en el calabozo.

–No se preocupe, cabo –respondió don Rafael–. No tendrá que negar nada porque ni ‘El Tabardillo’ ni yo diremos nunca que nos hemos comunicado con don Jacobo antes de que le tomaran declaración. Así, que mi visita será un secreto nos conviene a los tres.

Jacobo oyó unos pasos y un ruido metálico de llaves. Don Rafael y ‘El Tabardillo’ entraron en el calabozo.

–Siento que se vea aquí –dijo don Rafael– ¿Tiene alguna idea de por qué lo han detenido?

–Antes que nada, gracias a los dos por venir. No, no tengo ni idea. Seguramente será un error.

–Sí, sí… un error –respondió ‘El Tabardillo’–. El sargento ese no da puntada sin hilo. Algo se trae entre manos… Algo que me da en la nariz que no le va a gustar ni a usted ni a nosotros. Lo sabremos pronto, pero ya verá usted como no me equivoco ni media.

Don Rafael se dirigió a ‘El Tabardillo’:

–Deja tu instinto policial para otro momento, que tenemos poco tiempo… Le voy a dar una regla, don Jacobo: le digan lo que le digan, le presenten los papeles que le presenten, le amenacen con lo que le amenacen, usted no reconozca nada… Y menos todavía, firme una declaración. Si le dicen que le van a tener aquí hasta que se pudra tendrá que hacerse fuerte. Antes de las setenta y dos horas tienen que presentarle ante el juez.

–Así lo haré, don Rafael. Váyanse ya, por favor, que no quiero comprometerles. Háganme un favor: adviertan a mis padres de que estoy aquí.

–Así lo haré en cuanto salgamos –contestó don Rafael–. Y recuerde la regla: “Lo niego todo”.Jacobo no consiguió dormir en toda la noche.

Apenas despuntó el día le sirvieron un café aguado y un trozo de pan duro con aceite.

Un rato después oyó una voz:

–Bien que se me dio ayer la cacería. Es que esa finca del conde, ‘El Retamal’, está a reventar de pájaros perdices. ¿Está ahí el pollo? ¿Ha protestado mucho?

–Está desde ayer, mi sargento; y no ha dicho esta boca es mía.

Jacobo identificó la voz de Romero.

–Ya estará entonces blandito –respondió el sargento–, pero lo quiero más blandito todavía. Tenemos setenta y dos horas para pasarlo a la presencia del juez, así que no le tomaré declaración hasta mañana.

Ya por la tarde, Jacobo volvió a oír voces. Escuchó decir al cabo:

–De ningún modo puede verlo. Son órdenes del sargento.

Enseguida se oyeron unos pasos acercándose. “Don Rafael” –se dijo Jacobo– y se levantó para recibirlo. Casi se cae al suelo de la sorpresa. Allí, vestida con una capa azul con capuz ribeteado de piel, estaba Mencía.

El cabo se dio la vuelta, mientras contaba monedas.

–¿Qué haces tú aquí? –preguntó Jacobo en tono serio–. ¿Sabes el compromiso en el que te estás poniendo?

–Lo sé –respondió ell–-, pero no puedo dejar de avisarte del plan que han ideado mi padre, mi prometido y el suyo, y ese miserable sargento para culparte.

–¿Un plan? ¿Pero de qué van a culparme?

–Ayer apareció el sargento en el despacho de mi padre en la bodega y los oí hablar de que iban a acusarte de uso indebido de título de nobleza o algo así… Sentí mucho miedo, porque afirmaba que era un delito que acabaría contigo en la cárcel. ¿Tú podrás demostrar que eres marqués, no?

–Claro, Mencía. Tengo en mi despacho el decreto de concesión del título.

–Pues pide, por favor, que lo tengan preparado. Te va a hacer falta para defenderte.

–En cuanto venga don Rafael… Si le permiten verme, claro. Que creo que sí porque ya sabe de qué pie cojea ese Romero y le resultará fácil conseguir que le deje hablar conmigo. Y ahora, por favor, márchate. Estoy sufriendo porque puedan verte en este lugar. Por esta visita te quiero aún más.

–¿Por qué crees que estoy yo aquí? –respondió ella, mirándole fijamente a los ojos–.

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