Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 52)

Un cochero a finales del siglo XIX. Un cochero a finales del siglo XIX.

Un cochero a finales del siglo XIX.

Las gestiones de don Gervasio y ‘El Tabardillo’ seguían sin dar fruto alguno, aunque aún les quedaba por preguntar a siete cocheros.

El día anterior al juicio entrevistaron a los tres últimos. Ninguno de ellos pudo decirles nada de aquella misteriosa mujer, que parecía que se hubiera escondido debajo de la tierra.

Don Rafael los recibió cabizbajo.

–Ignoro lo que está pasando. No aparece esa mujer ni ha llegado la carta con la copia testimoniada del decreto de concesión a don Jacobo del título de marqués de Fuentes, a pesar de que esta mañana he recibido un telegrama del embajador en el que me confirma que la remitieron hace días. Estoy muy preocupado por la suerte que pueda correr nuestro amigo. Lo acusan de un delito grave y su condena acabará con el negocio del brandy, porque ningún distribuidor serio y de prestigio va a querer tratar con un delincuente.

Se derrumbó sobre su sillón y don Gervasio hizo una seña a ‘El Tabardillo’ para que lo dejaran solo.Ambos se despidieron en la puerta con un abrazo y cada uno se fue por su lado, aunque con idéntico desánimo.

Esa noche don Gervasio no quiso cenar. Se sentó en su despacho y empezó a leer un libro de poemas. No se concentraba en la lectura, porque le atosigaban las palabras del abogado refiriéndose a don Jacobo: “Su condena acabará con el negocio”.

“Con su negocio y con mi trabajo”, se dijo. Leía por tercera vez el mismo verso, cuando sonó la campanilla de la puerta.

Oyó los pasos de la vieja criada por el piso de arriba y, desde la ventana del sobrado, su voz preguntando con malhumor:

–¿Quién llama?

–Juan Aragón… ‘El Tabardillo’ –oyó que respondían con voz ansiosa–. Tengo que ver a don Gervasio enseguida.

–Váyase. Es muy tarde para molestar a don Gervasio. Esta no es hora de visitar una casa decente –respondió la criada–.

“Abre enseguida”, gritó don Gervasio mientras bajaba rápidamente las escaleras. ‘El Tabardillo’ aparecía sudoroso y sin corbata. No llevaba ni su vara de acacia.

–¿Qué pasa? –le preguntó-.

–Estaba en mi casa pensando –respondió el corredor– que cómo es posible que hayamos hablado con todos los cocheros de la ciudad sin haber sido capaces de encontrar al que llevó a aquella mujer y entonces…

–Abrevia, Tabardillo: ¿adónde quieres llegar? –le interrumpió don Gervasio–.

–Pues que hemos hablado con todos los cocheros que la gente les dice “legales”, pero también están los “ilegales”… Los de los coches sin matrícula. Es verdad que son pocos, quizás cinco o seis, pero nos los hemos saltado.

–Tienes razón, amigo. Ha sido un fallo descomunal. Lo lógico es que quien contrató el coche para que recogiera a esa mujer buscara uno difícil de localizar en caso de investigación. Y es mucho más complicado encontrar uno de esos coches ilegales que otro con matricula, que cualquiera puede haber visto.

–Pues eso mismo me he dicho yo. Así que mañana a las siete en punto me tiene usted aquí como un clavo para hablar con ellos.

–De acuerdo, Tabardillo. A esa hora estaré preparado.

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