Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Alos que dicen que el tiempo no existe habría que preguntarles quién si no ha tumbado el pino bajo el que Juan Ramón Jiménez enterró a Platero. El pino de Fuentepiña, en Moguer, se ha desmayado después de doscientos años y del embate de los últimos vientos huracanados. Sus diecinueve metros y medio de altura y casi cuatro metros de perímetro han besado la yerba que abriga a Platero desde que el poeta imaginó ese cenotafio para su cuerpo peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón…
Ese pino había sido declarado Bien de Interés Cultural. Su sombra era más alargada que la de cualquier ciprés, sus ramas fueron más frondosas que todas las ramas. Sucede lo mismo con muchos árboles que salpican el paisaje de nuestros días, formando parte de una arquitectura muchas veces inadvertida pero esencial como el segundo plano de una película de Fellini. Si una mañana al salir a la calle el viento de los años se los hubiese llevado, qué sería de nosotros al darnos de bruces con ese vacío pétreo que deja aquello que siempre estuvo ahí. Más allá de un desastre ecológico, que también, presiento que sería una catástrofe sentimental el caminar entre los restos una ciudad fantasma. La Alameda Vieja nos parecería un descampado viejísimo sin el abrazo regio de sus jacarandas, las mismas que le construyen el cielo a la calle Porvera y la visten púrpura recién llega abril. Cómo íbamos a cruzar la plaza del Banco sin echar una mirada de reojo al ficus que tantas confesiones ha escuchado a las puertas de la biblioteca. Quién iba a dar sombra a Jesús orando en el huerto, quién con tanta hondura como ese otro olivo para bailar un Miércoles Santo junto al Prendimiento. Los naranjos de la plaza de Pio XII, que nos vieron caer de las bicicletas, que dieron fe de que aquella amistad párvula sería para siempre; las sóforas de Cristina y sus palmeras fantaseando ser juncos; los almeces de Plateros, invitados tantas veces a nuestros brindis y que conservan en sus copas el eco de las nuestras; o el árbol de los Boli, guardián del Camino, con su corteza forjada con cantes y juramentos…
Voy a pasear por la ciudad, a buscar el komorebi -como llaman los japoneses a los rayos del sol que se filtran entre las hojas de los árboles- a celebrar que ninguna sombra nos ha dado nunca tanto brillo y verdor como la de nuestros árboles.
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