Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Inmolación
Vivimos en un país lleno de bares. Son nuestro rasgo principal como actividad económica. Representan un acuerdo entre desconocidos que buscan, a su modo, un descanso del mundo. No importa si es un bar de barrio con servilletas que vuelan solas o un local moderno con luces cálidas y música suave: todos comparten esa cualidad de convertirse en refugios donde la soledad se siente distinta, menos afilada.
En estos espacios se mezclan historias sin cruzarse del todo. Está el habitual que saluda al camarero como si fueran viejos amigos. La persona que hojea un libro mientras bebe un café frío. El grupo que ríe demasiado fuerte. Y luego estás tú, observando, sintiéndote parte del paisaje sin necesidad de participar. Los bares permiten eso: ser visible sin ser protagonista. La soledad en casa pesa más. Se expande por las habitaciones, se cuela en los silencios. En un bar, en cambio, se diluye. Quizá porque hay movimiento, voces, platos que chocan, puertas que se abren y se cierran. Todo eso te recuerda que el mundo sigue girando, incluso si tú estás en pausa. Y esa sensación, por mínima que sea, reconforta.
A veces vamos a un bar a pensar. O a no pensar, que también es un plan válido. Te quedas mirando la espuma de la cerveza, el reflejo en el cristal, la gente que entra y sale. Y sin darte cuenta, empiezas a sentirte menos solo. No porque alguien te hable, sino porque el simple hecho de estar rodeado de vida te reconcilia un poco con la tuya. Y luego están esos momentos inesperados: un comentario casual del camarero, una canción que despierta una conversación, una mirada cómplice con alguien que también parece estar allí para respirar. De repente, la soledad se rompe, aunque sea por unos minutos. Y eso basta.
Los bares no son solo lugares para beber. Son espacios donde la soledad se vuelve más llevadera, donde uno puede esconderse sin desaparecer, donde puedes estar contigo mismo sin sentirte aislado. Los bares, con su mezcla de ruido, anonimato y humanidad, son las mejores cuevas en las que refugiarnos cuando no nos aguantamos ni a nosotros mismos. Y lo mejor de todo, ahora que apenas quedan quioscos de prensa, en los bares siempre hay periódicos llenos de historias para comentar con otros parroquianos las muchas cosas que nos pasan, a quienes creemos tener una vida en la que nunca sucede nada.
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