Mauricio Gil Cano

Escritor

Un caso irremisible de amor por las letras

Veintiocho entradas, correspondientes a las veintisiete letras del alfabeto y un antecedente, componen ‘Mis amigas las letras’ (Librería Agrícola, 2020), de Antolín García Contreras (Jerez de la Frontera, 1962). En ellas se despliega su erudición filológica y su alma poética. Por este doble carácter de su autor, nos explicamos la relación tan compenetrada que mantiene con los signos gráficos de nuestro idioma. Estamos ante un caso perdido de amor por las letras. Sólo un poeta puede amar así.

El poeta es un ángel del exilio, un perpetuo desterrado del jardín del paraíso. Por eso, las letras desahuciadas de nuestro abecedario —aquel que los de nuestra generación aprendimos en la infancia—, ocupan en esta vindicación un lugar prominente. Los vates suelen mostrar una especial sensibilidad hacia lo marginal y lo heterodoxo. Amén de que, como hombre justo y compasivo, Antolín ha querido acordarse de las desterradas que perdieron su categoría y su ubicación en el alfabeto: los dígrafos ch y ll. Las imagina llorando, al coger el tren hacia ninguna parte, pero siempre ocuparán un lugar en su corazón. Y es que Antolín personaliza las letras, les otorga características de seres humanos, se refiere a ellas con exquisita ternura. Y lo hace con tal gracia y simpatía que es un placer recorrer sus páginas.

Si bien, como dijo Oscar Wilde, todo arte es inútil, en este caso, pese a su carácter sublime, creo que nos encontramos ante un librito útil —por la sustancial información que ofrece acerca de las que han venido representando tradicionalmente los sonidos del idioma—, pero deleitoso; su autor ha seguido —¿al pie de la letra?— aquella antigua máxima de enseñar deleitando. El humor, la dulzura, la ensoñación, y aun también la crítica, encuentran aposento en este artefacto lírico. Hay hallazgos audaces, que nos hacen acordarnos de las greguerías ramonianas: “La c es la luna de nuestro alfabeto”. Así, una por una, García Contreras repasa las grafías de la lengua española, encandilando al lector su magistral delicadeza. Para hablarnos de ellas requiere a Filomela, como Lorca, como San Juan de la Cruz. Todo poeta es un místico que llega al estado de gracia por otros senderos y abismos diferentes de la ascética. Así Juan Ramón Jiménez, a quien se cita en este tratado que ha querido también impregnarse del humanísimo espíritu de Cervantes. Y hasta remontarse al Cid, y al latín —que falta hace—, o incluso a Sócrates y a Homero.

Cuánto debemos agradecer a Antolín que nos recuerde a estos predilectos fantasmas, estos dioses tutelares, estos padres de la sabiduría de occidente y el mundo. Tal es el horizonte que abren las letras en las personas, un acceso a la cultura y al saber universal para que se formen ciudadanos libres y con criterio propio, algo que no suele interesar al poder ni a los que luchan por conseguirlo.

Cuánto me congratula que evoque a Séneca, ese cordobés romano que viene a prefigurar el estoicismo cristiano de nuestro acervo. No se le escapa tampoco la dimensión hispanoamericana del idioma y rescata a Elio Antonio de Nebrija, el lebrijano que, en 1492, dio a luz la primera gramática de la lengua española —llamada entonces castellana—.

Pero además este bagaje sapiencial viaja acompañado de anécdotas muchas de las cuales remiten al mundo de hoy, tomando a sorna algunos rebuznos de la actualidad. Porque sucede algo asombroso: ¡estas letras están vivas! Tan familiares, las hay con “pajaritos”, con “mucho ángel”, alguna “muy española”, otras “de abolengo”, ésta “motera”, aquélla refugiada, las que están mejor calladitas y las que lloran de alegría. ¡Incluso de alguna cree Antolín que es católica ortodoxa! A todas las trata con distinción y cariño. Y cuando hay burla, esta no interfiere la mirada limpia del escritor. Una mirada que nos invita a descubrir con gozo la capacidad de evocación de cada letra —y no sólo en su más lúdica vertiente—, así como su precisión fonética. De la primera a la última, a la que, por cierto, rinde unos versos incontestables de Calderón y ofrece unas flores de las que yo quisiera, a su vez, hacer un ramo para brindar al autor de tan deliciosa miniatura.

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