Cosas y sombras

02 de marzo 2026 - 05:00

No sé si en alguna ocasión, estimado lector, se haya parado a pensar en lo que las cosas puedan ser, en lo que son las sombras de las cosas y en la relación que entre unas y otras pueda haber.

Las cosas, entes tangibles, forman parte de la realidad del mundo en el que vivimos, sin ellas esa realidad no sería la que tenemos por tal. Las sombras, de las cosas, son tan reales, aunque sean intangibles, como las cosas mismas, si bien es cierto que si no hubiera 'cosas' no podría haber sombras: la sombra ha de ser 'sombra de algo', y si ese algo no existe, tampoco puede existir la sombra.

No obstante, no es suficiente la existencia de las cosas para que podamos percibir las sombras, pues es necesario, más bien imprescindible, para que veamos la sombre, que haya luz. Una luz que, al iluminar la cosa de la que se trate, haga sensible a nuestra percepción la sombra de esa cosa. Es decir: para 'tener' una sombra necesitamos antes que haya una cosa, que será la que proyecte la sombra, y también luz para hacer posible que esa proyección se produzca.

Seguimos reflexionando: ¿podría haber cosas que recibiesen luz y no proyectasen sombra…? A ver: parece que habría cosas sin sombra si no hubiese luz que hiciese posible la sombra de la cosa, pero eso no querría decir que la sombra no exista, sólo que no la vemos, ¿o no? Sin embargo si estamos seguros de que no sería posible sombra sin cosa que la proyecte, porque la sombre ha de ser 'sombra de algo'.

Pues con las personas, y con sus vidas, ocurre algo parecido. Las personas serían, en el ejemplo anterior, las 'cosas', y las 'sombras' lo que esas personas hacen: los hechos.

Vivimos, dicen, en un mundo 'de luces y sombras', poética y bella metáfora, aunque lejos de la realidad, porque vivimos en un mundo de cosas y sombras, o sea, y también, de personas y de hechos —los que esas personas hacen—. La luz o la oscuridad únicamente permiten percibir las cosas y sus sombras: sin luz las cosas están, pero no las vemos, las sombras… suponemos que no están, pero no lo sabemos.

En la vida pasa algo similar. Las personas vivimos en el mundo en el que existimos y lo que hacemos —nuestras acciones— son como las sombras de las personas que somos.

No se hace nada si no hay quien lo haga: cada hecho tiene siempre un autor. Cosa distinta es que haya hechos de los que se desconoce su autor, lo que no conlleva que el hecho en sí deje de ser tal —es como cuando la luz falta: aunque nos haga invisible una sombra no podemos asegurar que esta no exista—. Las personas podemos hacer o no hacer —que es otra forma de 'hacer'—, pero los hechos no pueden llegar a ser tales si faltase el autor que los hizo ser.

Las sombras son fiel imagen de las cosas que las proyectan; como los hechos lo son de las personas que los hacen. Una círculo nunca amparará una sombra cuadrada; y así la lealtad no puede engendrar traición ni lo miserable vendrá, jamás, de persona justa y cabal.

Unas, las sombras, y otros, los hechos, son inalterables. Podrán parecer de una forma u otra, según el ángulo desde el que los contemplemos; podrán semejar luminosos o apagados, más grandes o menos pequeños, en movimiento o parados, pero son, y serán, lo que son, y por pertenecer al pasado, del todo inmutables.

La idiotez puede llevar a confundir el chorizo con la velocidad; la codicia a querer dar gato por liebre; la mediocridad a ensalzar la necedad; la torpeza a mezclar churras con merinas; no obstante, a pesar de todo esto, el pan será siempre pan, y el vino, vino; los hechos, y no las buenas razones, serán amores; las sombras, sólo sombras, no cosas; y las personas, ni lo que piensen ni lo que digan, si no lo que hagan.

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