Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La degradación de la vida pública

Los padres de muchos cargos actuales no hacían el fantoche en las redes sociales. Ahora el ridículo es público

EL problema no es si se adelantan o no las elecciones andaluzas, si en España nos gobiernan indocumentados especializados en márquetin político, con honrosas excepciones como Nadia Calviño o Luis Planas; si esta nación sublima de pronto a la neocomunista Yolanda Díaz como supuesta alternativa por el mero hecho de que da bien ante la cámara, porque el gremio de periodistas es así de fatuo. El problema es que la vida pública se ha degradado de tal forma que cualquiera llega al puesto, empleo, grado o rango al que antes sencillamente no aspiraba cualquiera, al menos tan rápido ni de cualquier forma. El problema es que están llegando verdaderos mindundis a ministros, consejeros del Gobierno regional, presidentes de empresas públicas, alcaldes, concejales, hermanos mayores, presidentes de patronales, etcétera... No es que antes fueran los mejores, es que ahora quizás son más descarados porque la mediocridad se ha normalizado, dicho sea en el lenguaje impuesto por Pablo Iglesias, virrey de la fatuidad. Hoy vemos con naturalidad que una presidenta del Parlamento ceda la palabra al diputado “don Nacho”, o que use la expresión “ambos dos”.

Lo contrario, si se reprueba, es una suerte de fascismo porque la mediocridad imperante nunca duda a la hora de usar la agresividad y la demagogia para encubrir las limitaciones. Hoy alcanzan los cargos públicos gente con la piel fina, que llora ante el mínimo ejercicio de fiscalización de la prensa. Decanos de colegios profesionales en grandes ciudades andaluzas desconocidos en la sociedad civil antes de que accedieran al cargo, hermanos mayores de grandes cofradías que se comportan como histéricos presidentes de comunidades de vecinos, altos dirigentes de entes públicos que son verdaderos don nadies que usan el carguillo para, al menos, tener la mesa reservada en el restaurante favorito la noche del viernes... Esta sociedad lo acepta todo hace demasiado tiempo siempre y cuando uno llegue a fin de mes. Reconozcámoslo aunque duela. La vida pública es una covacha de desprestigio.

Normalizado, pero desprestigio al fin. Los supuestos cargos que otrora eran desempeñados por prohombres están hoy en manos de gente sin sentido del ridículo, mesura y discreción por la sencilla razón de que la sociedad ha aceptado como normales comportamientos propios de cómicos de la televisión de los años ochenta. Asuman la realidad, los mediocres se van a jubilar y ahora sus hijos van a ocupar sus posiciones. Y ojo porque son consejeros, presidentes y concejales. Sus padres al menos no hacían el fantoche en las redes sociales. Ahora el ridículo es como la degradación: pública.

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