Mundología Jacobea

Julián Barrio Barrio

Arzobispo de Santiago de Compostela

La espiritualidad del Año Santo Compostelano

Julián Barrio Barrio, arzobispo de Santiago de Compostela.

Julián Barrio Barrio, arzobispo de Santiago de Compostela.

Estamos ya inmersos en la celebración del Año Santo Compostelano 2021, que por gracia del papa Francisco con motivo de la pandemia se prolongará a lo largo del año 2022. Será el tercero del tercer milenio del cristianismo.

Si bien sabemos que el cristiano no hace distinción entre días, meses, estaciones y años (cf. Gal 4,10), también es verdad que las efemérides forman parte del mundo simbólico del hombre. Cualquier tiempo es tiempo de gracia y toda época proclama la misericordia de Dios. Sin embargo, el corazón del hombre es tocado de modo especial en determinadas circunstancias. La Iglesia, consciente de que la monotonía ante el don inapreciable del amor de Dios nos acosa, busca despertarnos de nuestra somnolencia con la celebración de los Años Jubilares y de los Años Santos.

En este contexto contemplamos la peregrinación jacobea, reavivando la conciencia de que somos "peregrinos y extranjeros" (2Pet 2,11), llamados a ser “conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, en el mismo Jesucristo que es la piedra angular” (Ef 2,19-20). Escribía Dante que la peregrinación más maravillosa que el cristiano puede hacer antes de su muerte, es ir a Santiago de Compostela. Ayer, hoy y mañana con distintos acentos el Año Santo Compostelano tiene primordialmente una finalidad religiosa y espiritual. Es tiempo de gracia y de bendición, de sanación y de encuentro para cultivar la memoria penitencial, “capaz de asumir el pasado para liberar el futuro de las propias insatisfacciones, confusiones o proyecciones”, como dice el papa Francisco. Es una llamada a favorecer la fe y el testimonio de los cristianos por medio de la conversión continua y la predicación asidua de la Palabra de Dios; a promover la santidad de los fieles a través de la oración y de la caridad; y a fortalecer la esperanza en los bienes futuros animando la evangelización continua de la sociedad, y volviendo al hecho cristiano fundamental que es identificarnos con la persona y la historia de Cristo.

El Año Santo es un mensaje de esperanza cristiana que no es un ingenuo optimismo basado en el cálculo de posibilidades y que nos compromete a edificar el presente y proyectar el futuro desde la verdad auténtica del hombre, desde la libertad que respeta esa verdad y nunca la hiere, y desde la justicia para todos, comenzando por los pobres y descartados de nuestra sociedad viviendo la auténtica fraternidad.

La tradición jacobea está íntimamente vinculada al camino de fe, esperanza y caridad, realidades que van emergiendo a lo largo de la peregrinación que espera la contemplación del "pórtico de la Gloria". Por eso, peregrinar es encontrarse y encontrarnos, y vivir la comunión con Cristo como respuesta a nuestra exigencia espiritual constitutiva. El peregrino entra dentro de si mismo para dar sentido a su peregrinar en el espacio y en el tiempo, sabiéndose necesitado de salvación y buscado por Dios. De este modo, su actitud es imagen del hombre religioso que se abre a la trascendencia en su compromiso con el mundo, y refleja la transitoriedad de los bienes de este mundo y su relati­vidad frente al último y verdadero sentido de la aventura humana. Más allá de la mera devoción subjetiva, afectiva y voluntarista, la peregrinación se convierte en una celebración dotada de fuerza objetiva cuya expresión de esperanza permanece invisible a los ojos de nuestro cuerpo pero no a los de la fe.

El cristiano se pone en camino para acoger el amor y la verdad de Dios, respondiendo a su llamada en la Iglesia que es camino para “la ciudadanía de los santos”. La intención que vertebra los pasos del peregrino jacobeo, es llegar a la Tumba del Apóstol Santiago para confesar la fe apostólica que lleva a encontrarse con “Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre” (cf Heb 13,8). Si la peregrinación perdiera su dimensión espiritual, se convertiría en una realidad inerte. Para el peregrino el mañana reflejará la esperanza del hoy, calzando siempre las sandalias de la esperanza como viajero de lo sagrado y transmisor de saberes y echando raíces en el suelo firme y estable de lo sagrado.

Cuanto más intenta el ser humano aferrarse a las cosas, a los tiempos, a las circunstancias y aun a las personas, con mayor realismo se da cuenta de cuán poco dueño es de su propia vida. Ciertamente el hombre busca seguridades y planifica su futuro, pero nada de esto es garantía irrevocable de estabilidad. El verdadero valor del camino de Santiago consiste en ser ruta para el espíritu humano que se revela a desaparecer bajo la asfixia del materialismo y de la inmanencia. Se ofrece a quien desea vivir esta experiencia, no exige una previa selección de candidatos y no tiene un numerus clausus. En el Año Jubilar Compostelano la Iglesia proclama la gracia de la gran "perdonanza" para todos. La oración y la contemplación, el silencio y la ascesis personal que definen la peregrinación jacobea, ayudan a revitalizar la fe y a descubrir la tarea apostólica de anunciar el Evangelio de salvación, de liberación y de gozo, mirando con esperanza el futuro. El papa Francisco nos dice “que la dinámica de los cristianos no es retener con nostalgia el pasado sino acceder a la memoria eterna del Padre, y esto sólo es posible viviendo una vida en caridad”. ¡Caminemos hacia adelante y miremos hacia arriba”.

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