Las dos orillas

josé Joaquín / león /

El fin del andalucismo

CON los homenajes a Blas Infante, en estos días de agosto, no deberíamos perder de vista lo esencial: el andalucismo está casi liquidado. No me refiero sólo al Partido Andalucista, que según los últimos barómetros seguiría siendo extraparlamentario en esta su comunidad, y prácticamente residual. Me refiero al andalucismo como ideal, según lo que propagó Blas Infante, que se vinculó con la autonomía andaluza. La lucha del 28-F se presentó como un triunfo del ideal que puso en marcha aquel notario, fusilado en la guerra, y que después recuperaron Alejandro Rojas-Marcos desde el centro izquierda (con aquella ASA, que derivó a PSA y PA) y también Manuel Clavero desde el centro derecha (con aquel PSLA que después se integró en UCD). Tampoco se puede olvidar el papel que desempeñó en el 28-F el presidente de la Junta, Rafael Escuredo. Desde ahí se proyectó el PSOE a la Moncloa en 1982, con Felipe González y Alfonso Guerra, que eran andaluces y sus caras visibles.

Todo esto ya se sabe, así como lo que ocurrió después, que ha sido funesto para el andalucismo. Aparte de las peleas fratricidas del PA, el principal problema es que se ha confundido el andalucismo con la gestión de la Junta. Y aunque el PSOE de Andalucía ha gobernado desde el 28-F a nuestros días (y antes también, desde la preautonomía, con Plácido Fernández Viagas) no hay ningún parecido entre el Ideal Andaluz de Blas Infante y lo que ha pasado después, especialmente con ciertos consejeros de la Junta, que es la herencia recibida por Susana Díaz.

Los casos de corrupción política en otros partidos y en otras autonomías no pueden servir de excusa para minimizar lo que ha ocurrido. Pues en Andalucía la responsabilidad era mayor. Aquí los casos presuntos no están en la estética de Robin Hood, sino al contrario. Han defraudado a los pobres para crear nuevos ricos. Y a veces se hizo personalmente, aprovechando cargos, según los imputados. Mangando en los cursos para obreros, manipulando ERES falsos, trincando desde un sindicato de clase, y otras curiosidades así.

Naturalmente, no son todos. Pero sí los suficientes para acabar con la mística de lo andaluz. Pues lo que ha quedado es la teoría de que la autonomía no ha servido para redimir a esta tierra, sino para que unos listillos se enriquecieran. Si Blas Infante volviera, no querría ningún homenaje, ni reconocería su ideal destrozado.

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