Inercia o rapidez

23 de febrero 2026 - 04:40

ALGO que los humanos perseguimos, siendo o no conscientes de ello, desde que nuestro entendimiento se hace mayor de edad hasta que la razón propia de nuestra condición nos abandona, es la certeza.

Enemigo, acérrimo, de lo cierto, es lo confuso. La confusión, irremediablemente, conduce a la desorientación, y esta, también de modo inexorable, a la falta de seguridad que, a su vez y de nuevo, de manera ineluctable, conlleva la angustia. Esa angustia, a la que alguien denominó: ‘vital’, que nos hace sentir como si se disolviese el ‘yo’ que nos hace ser lo que somos; que imbuye la duda en el cotidiano existir; que nos inculca la sensación de continua e insalvable opresión; que nos sumerge, y en ocasiones ahoga, en una temible e insoportable sensación de total desvalimiento.

El Naphta de ‘La montaña mágica’ (novela de Thomas Mann), creía, y nosotros con él, como muy probable que una de las causas de la confusión que impera en las vidas de los humanos, que nos somete y es causa de intensa y común desolación, es “la desproporción entre la rapidez del espíritu y la terrible pesadez, la lentitud, la resistencia de la materia”.

Somos el resultado de la unión de algo tangible -el cuerpo- con algo que no lo es -la razón. No decimos alma ni espíritu por aquellos que no creen en el uno ni en la otra, pero la razón, como cualidad definitoria y exclusiva, entre los seres vivos, del ser humano, nadie la puede negar-. Unión imprescindible, para llegar a ser lo que somos, pero también de tan compleja y difícil cohesión que convierte el camino para alcanzar ese resultado final, que sería el Homo sapiens, en proyecto, pensamos, que siempre inacabado, nunca concluido, siempre por terminar de ensamblar, nunca por dejar de necesitar un algo más que le lleve hasta la concordia final consigo mismo, hasta la avenencia en la que se sienta no sólo compatible sino necesitado de abrazar el ente que existe en él, con el ser que él es.

El espíritu, o lo que de intangible nos determina, o sea, la razón que poseemos, nos eleva. Lo que nos eleva, nos libera. Lo que libera nos da la oportunidad de poder ser lo que somos. En cambio lo material… pesa. Lo que pesa, lastra, constriñe, limita… Lo que limita… impide.

Ser, como somos, el resultado de la comunión entre lo uno -la razón- y lo otro -el cuerpo-, es destino que, más allá de lo que nuestra libertad pueda llegar a hacer con él -con nuestro destino-, se muestra, antes de llegar a ser, o sea: de nacer, con futuro muy, pero que muy, complicado: lograr la fusión coordinada, amable, eficiente y compatible entre dos entidades, que en apariencia se excluyen pero en esencia se necesitan: cuerpo y razón, de naturaleza tan dispar, es asunto que, con absoluta honestidad pensamos, supera las humanas y limitadas, posibilidades de control.

La voluntad puede llegar a ser de la utilidad que se necesita, pero no siempre cuenta con la fuerza necesaria para vencer la natural incompatibilidad entre lo inmaterial y la materia. La inteligencia, que en mayor o menor grado -este último, tan extendido y abundante, que abruma y llega a ser lo que por normal se tiene, es decir: de condición mediocre, torpe, memo, pigre, cazurro, o necio, de todo un poco, o todo a una vez, que también lo hay- se asienta en los humanos magines, es providencia que, en contra de lo que debiera, va en clamoroso y trágico desuso. Con las angustiosas carencias de esta -la inteligencia- y las preocupantes, pero flagrantes, limitaciones de aquella -la voluntad-, lo presumible es que el mañana, en lo que a la confusión global y generalizada que nos infecta se refiere, sea apocalíptico.

Somos, así es, lo que somos. No es ninguna desgracia, por el contrario, es un evidente privilegio. La dificultad de ensamblar, en buena compaña, cuerpo y alma o espíritu o razón, como mejor les parezca, no es una incompatibilidad que no podamos superar, aunque lo habitual sea no hacerlo.

Nuestra naturaleza es la que es: con inconvenientes, como cualquier otra, pero privilegiada, como pocas. La cuestión es que nosotros tenemos los medios -la razón- para cohesionar lo que en apariencia nos separa: lo inmaterial con lo tangible. Al hacerlo, impediríamos que la indolencia de lo material obstaculice la rapidez de lo intangible.

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