Manual de disidencia
Ignacio Martínez
Tenemos que hablar
La situación actual produce paranoia o ceguera. Es tan aterrador lo que ocurre que unos no saben cerrar los ojos y se obsesionan y, otros, lo cierran de manera permanente para intentar no enterarse. Europa ha despertado de su dulce siesta en la peor de las pesadillas. Débil, incapaz de aferrarse a sus viejos principios y afrontar la realidad, desnortada. Los organismos internaciones sólo saben torear de salón y cuando tienen que salir a la calle, llamar a las cosas por su nombre y reconocer lo que pasa, callan por miedo, por calculado interés o por indisimulada inoperancia.
La derecha y la izquierda se reparten sus locos indefendibles. Para muchos, el fin vuelve a justificar los medios. Quien hace arder un país se erige en su salvador. Quien viola la ley dice que restaurará el orden. Quien luchó contra el tirano se postra ante quien se ha apoderado de su país. La Europa cansada que miraba plácida los desastres de la guerra, sin apenas inmutarse, empieza a sentir el fuego en sus pies. La ley del petróleo reordena el mundo. La tranquilidad se ha vuelto peligrosa. El abismo ya no se salva con palabras que se tornan vacías porque no hemos sabido defenderlas ni sentirlas ni mantenerlas. Sistema creado para las aguas mansas, la bonanza económica y las revoluciones que se fraguan en siglos de contención.
Nos preguntamos cómo fue posible que Hitler triunfara en unas elecciones y se asentara en el poder. Javier Marías se planteó en una novela si hubiera estado justificado matar a Hitler antes de que hiciera todo el daño, cuestión que vuelve a ser un trasunto de si el fin justifica los medios.
Maquiavelo o Sócrates. Éxito o moral. Interés o virtud. Valores éticos y derechos humanos o populismo. Quienes hacen algo malo y persiguen un fin abyecto, dicen que lo hacen para lograr un bien sagrado y preservarnos de un daño. Es la coartada perfecta para los más oscuros fines disfrazados de grandes causas. Sólo la defensa del Derecho, la unión sin fisuras y la actuación responsable y sin demora nos permitirán plantar cara a los peores desafueros, vengan de donde vengan o, por lo menos, que cuando pase el tiempo y las generaciones futuras se pregunten qué pasó, podrán decir que Europa siguió siendo Europa. Que por eso se salvó. Ni sobornos ni presiones. A Europa no le salvó la ideología ni el dinero. A Europa le salvaron sus siglos, su historia, sus inamovibles principios, su integridad. Ojalá.
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