Tierra de nadie
Alberto Nuñez Seoane
Pedacitos de realidad
El demonio de la robotización del hombre no cesa en el azacaneo de su comezón. Ojo avizor, lector, para con el diablo Cojuelo, que no viste de Prada pero sí cosifica y codifica los sentimientos. Y los transforma en detritus so pretexto de la falsa modernidad. Insiste -tridente en mano- erre que erre, pese a su cuerpo pálido y blandengue, como una termita. La trashumanización se ha colado de rondón -como una perforación telemática- dentro de ti. Dentro de la sociedad. Dentro de las relaciones intergeneracionales. Como el gusano en el interior de la manzana. Como la lluvia sobre la sombrilla color ceniza del paraguas. Apenas nos percatamos de cuán teledirigidos retrocedemos en nuestro devenir cotidiano. El silogismo de antaño ha dado paso al algoritmo de hogaño. Antes primaba el pensamiento; hoy, el feed. Antes, el fundamento -el razonamiento-; hoy, la conjetura del like. Antes, la presencia -la compañía- física; hoy, la virtual vida maquillada. Antes la sencillez por bandera sobre las losas blanquinegras de un patio de vecinos; hoy, la refriega de antifaces de terciopelo sobre ojos tuertos. Cuesta Dios y ayuda sopesar estas dualidades entre el espíritu y el artificio. Si el XX fue el siglo de las siglas -expresión acuñada por Dámaso Alonso-, el XXI es el de las prisas. La inmediatez con sonrisas impostadas a tenazón, que diría Adolfo Suárez...
La velocidad de crucero ha impuesto su ley, cuasi manu militari. Ni la hilacha de una nube rompe la distracción del panoli in albis. Poner pies en polvorosa está a la orden del día. Hay quienes -de paso, como un efecto rodillo- se empecinan en malbaratar la inviolable nobleza de nuestras sagradas tradiciones. Incluso en la fatal pretensión de hacer añicos el templado tictac de su ortodoxia, su ontología y su atemporalidad. Pongamos que hablo del -primus inter pares- acontecimiento anual desde que el universo es mundo, desde que el verso es poesía, desde que Jesucristo nació Niño Dios: la magia frontal -y no sucedánea ni postiza- de los Reyes Magos… Nadie me reproche que su dimensión se remonta a cuando reinó Carolo. Para quienes otorgamos la suprema veracidad -emoción insondable- de su realeza, primero fue el Verbo y, de seguido, el oro, el incienso y la mirra. Yo me entiendo. Y también Juan Carlos Durán, Pepe Arcas, Rafael Padilla, José Castaño, Antonio Padillo, Félix Moreno, Ana Huguet, Pepa Parra, Benjamín Ruiz, Elena Aguilar, Vicente Prieto…
Nada es parangonable a esta ilusión que fluctúa así cumplamos años, así peinemos canas, así comprobemos -renovándose, revalidándose- tan celestial vivencia en nuestros hijos, como un legado que a todos nos compete porque -antier, ayer, hoy y siempre- a todos nos corresponde. Los Reyes Magos no concitan un hecho burocrático, no un vestigio escénico, tampoco un toma y daca que a nadie obliga. Quien no se empape de las esencias de sus majestades, que escurra el bulto y tome las de Villadiego. Los impuros sólo entorpecen. Esta visita permanece a medio camino entre lo divino y lo humano. Entre nuestros difuntos y aquellos familiares aún no nacidos. Entre el Madelman y la Nintendo. Entre los escaparates de Álvarez y los pasillos de Juguetilandia. Entre la caja de seis rotulares Carioca y el pencil del iPad. Lo dije en 2015 y así (me) repito adrede año tras año con motivo del Pregón de los Reyes Magos -acto ya consolidado como uno de los referenciales de la Navidad jerezana, Deo gratias-: los Reyes Magos generan signos de humanidad: la solidaridad, la búsqueda de la felicidad en el prójimo, la mentada ilusión, la recompensa del buen comportamiento, la unicidad del hecho de compartir, la apuesta por el continente de los más pequeños, la defensa de la urdimbre familiar, la conservación de la costumbre legada por nuestros mayores… La filiación entre los hombres de buena voluntad.
El pasado 29 de diciembre disfrutamos de un rato memorable. ¿Estoy en lo cierto, Juan Garrido, Agustín Muñoz, Jesús Rubiales? Una vez más. Otra nueva edición. Y van… La enseñanza, el don de la ubicuidad y la omnipresencia de Melchor, Gaspar y Baltasar siempre nos hincha de felicidad. Así nos mostramos antes, durante y después del Pregón de Gemma García Bermúdez, quien supo redondear una directa y dilecta disertación desde su papel de hija, de madre y de presidenta de la Asociación de los Reyes Magos de Jerez. Valgan ilustraciones como la del Rey Mago de San Francisco, el alumbrado navideño de la calle Mesones como techo de los caramelos de los hermanos Perea y aquella dificultad -copa a copa- del montaje nocturno del barco pirata de Playmobil en el propio domicilio familiar de la pregonera. ¡Enhorabuena por enésima vez, Gemma! ¡Viva por siempre el reino de la infancia! Hoy los jerezanos repetiremos el reto y no el rito. El reto de dormirnos pronto para revivir -ya despiertos y a las claritas del día- un sueño muy real.
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